Vivimos tiempos agitados y convulsos, tiempos de cambio. La pandemia no ha hecho sino acelerar este proceso de cambio, en el que los viejos mitos que sustentaron el orden en el que nacimos, parecen estar desmoronándose.

Su imagen se ha proyectado como una larga sombra durante buena parte de mi vida, lo mismo que le ha ocurrido a casi todo el mundo en este país a lo largo de las últimas cuatro décadas. De pequeño, en el colegio (en aquel entonces la EGB), su fotografía nos contemplaba solemne desde lo alto, desde esa posición de privilegio encima de la pizarra, como si nos vigilara allí sentados en nuestros pupitres mientras el profesor enseñaba su lección. Sí, desde bien temprano nos inculcaron el respeto a su figura y a lo que representaba, una institución que nos amparaba a todos (o eso decían). En realidad la imagen de este señor estaba por todas partes. Literalmente, porque su efigie podía verse en las monedas de las antiguas pesetas y en los billetes de 10.000, por lo que todos lo llevábamos en nuestros bolsillos y carteras; de hecho seguimos llevándolo porque también aparece en las monedas de euro acuñadas en España. Y por supuesto lo veíamos aparecer a todas horas en televisión, solo o en compañía de su familia, desde donde se pregonaban de manera incansable sus innumerables virtudes. Artífice de la Transición, heroico defensor del orden constitucional y democrático tras el intento de golpe de estado del 23F, monarca modelo y ejemplar cuya imagen simbolizaba la defensa de la modernidad y de las libertades, hombre sencillo y campechano donde los haya... Obviamente estoy hablando del rey emérito Juan Carlos I de Borbón.