El desierto que viene

La desertificación es sin duda una de las mayores amenazas, si no la mayor, que se cierne sobre España. Frente a su avance casi cualquier otro problema que podamos imaginar palidece como algo menor, pero poco parece que se esté haciendo para impedirlo.

 
El mapa de arriba muestra las regiones con mayor riesgo de desertificación en España. Como se puede comprobar, la práctica totalidad del centro y sur peninsulares se encuetran bajo un riesgo de medio a muy alto y sólo la cornisa cantábrica y la región pirenaica se salvan a medias de esta amenaza. La estimación se realizó hace diez años, por lo que es de imaginar que el riesgo en muchas de estas zonas no ha hecho si no que aumentar. 

      Mis padres lo recuerdan perfectamente de cuando eran niños, y no tan niños, ya que de esto en realidad no hace tantísimo tiempo; apenas medio siglo a lo sumo. Las serranías circundantes a su pueblo natal, en el interior de la provincia de Valencia, se encontraban tapizadas de densos pinares centenarios en los que también se podían encontrar otras especies como encinas y madroños, todas ellas claros exponentes del bosque mediterráneo. Aquellos montes estaban recorridos por infinidad de arroyos con abundante agua fresca, así como también salpicados de gran cantidad de charcas, en los que medraban todo tipo de criaturas como anfibios y galápagos. Y durante el invierno la nieve era una visión más que corriente, hasta tal punto que la sierra se vestía de blanco incluso durante varios meses. Hacía más frío, sí, y las precipitaciones eran más abundantes. Con la llegada de la primavera el deshielo alimentaba esos arroyos en los que mis padres se bañaron en los días calurosos de su infancia. Se trata de un recuerdo vivo, un testimonio en primera persona de algo que ya no existe. Yo apenas sí conservo en la memoria aquella sierra boscosa de antaño, porque en la década de los 80 los incendios forestales arrasaron por completo la región, trasformando un paisaje antes frondoso en un territorio mucho más áspero y estepario, dominado principalmente por matorrales espinosos y arboledas dispersas y en donde el agua fluyendo en superficie se ha vuelto mucho más escasa.
 
      El proceso descrito es a buen seguro común a otras muchas regiones de la mitad sur de España y describe la progresiva desertificación que está sufriendo buena parte de nuestro territorio. Es algo que muchas personas habrán vivido, trasformaciones que cambiaron los paisajes de su infancia en algo mucho más árido y menos amable. Y no nos equivoquemos, este proceso es en su práctica totalidad responsabilidad humana. Lo es por diferentes motivos que se pueden resumir en los siguientes puntos:
  • La deforestación provocada por los incendios forestales, una auténtica catástrofe en nuestro país, tal y como muestra este documento de WWF España. Bien sabemos que la gran mayoría, hasta un 70%, son provocados, pero eso no es ninguna novedad. El problema son los llamados superincendios o GIF, que en los últimos años se han incrementado en más de un 170%. Hay menos incendios en términos cuantitativos, pero afectan a áreas mucho mayores y resultan mucho más devastadores. Esto se pudo comprobar con la oleada de incendios que en octubre de 2017 asoló Asturias, Galicia y Portugal, dejando asimismo un trágico saldo de víctimas mortales. Dichos sucesos muestran además otra tendencia muy preocupante, los incendios forestales fuera de la temporada estival se están convirtiendo en algo habitual, tal y como también señala este otro documento de WWF. El despoblamiento de las regiones rurales, las sequías cada vez más severas, el abandono de los montes (que ya no se desbrozan ni tienen usos ganaderos) o una mala gestión ambiental, son algunas de las causas que explicarían lo que está sucediendo.
  • La erosión de los suelos, otro problema muy grave en España y que está estrechamente relacionado con la deforestación. Ya en 1992 la UNESCO advertía que el 26% del territorio español estaba afectado por graves fenómenos de erosión de suelos, otro 28% padecía una erosión moderada y sólo un 11% de su superficie apenas se veía afectada. Ha llovido mucho desde entonces (por supuesto es un decir) y la situación ha continuado agravándose. Hasta tal punto es así que cada año se pierden en nuestro país 1.150 millones de toneladas de suelo fértil, tal y como apunta este artículo de AstroMía. Aparte de los incendios forestales, las prácticas agrícolas y forestales no sostenibles e inapropiadas (como la introducción de especies invasoras como el eucalipto o el uso irresponsable de fertilizantes), las actividades especulativas relacionadas con la construcción y las grandes obras públicas y la minería a cielo abierto, estarían en buena parte en el origen de este alarmante fenómeno.
  • La disminución de las reservas hídricas, algo que se está convirtiendo en un problema cada vez más acuciante. Este año 2018 está siendo especialmente lluvioso y eso ha dado para que las reservas de agua se encuentren a casi el 72% de la capacidad total de nuestros embalses (datos actualizados hasta la semana 25 - mediados del mes de junio - extraídos de iagua.es). La cosa va muy bien por el norte, con embalses por encima del 90% de su capacidad, pero esto es de esperar. El problema viene sobre todo en el sur y el área mediterránea, ya que las cuencas del Júcar y el Segura siguen bajo mínimos a pesar de las lluvias registradas, con sus embalses al 30-35% de su capacidad. Si esta año ha sido bueno, ¿qué pasará en un futuro con los años malos? La serie histórica nos muestra que las reservas en estas cuencas, y en otras como la del Guadiana y el Guadalquivir, siguen estando por debajo de la media de la última década, una tendencia que se puede cronificar. Otro dato al respecto que puede ser muy ilustrativo de lo que nos espera. En 2014, un año especialmente seco en España, el índice anual de lluvias registrado en Murcia fue similar al de Abu Dhabi, unos 78 litros por metro cuadrado. Puede parecer anecdótico pero no lo es en absoluto, porque los fenómenos excepcionales de hoy pueden convertirse en la noma mañana.
  • Y, por encima de todo, está el Cambio Climático, causa primera y última de todo lo que está sucediendo. El Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC) ya advertía en un informe de marzo de 2017 que la desertificación y la degradación de suelos a escala global son otras de las gravísimas consecuencias del calentamiento generalizado del clima que estamos sufriendo. Que un aumento de las temperaturas en todo el planeta repercutirá en un clima mucho más seco y caluroso en el área mediterránea, así como en un incremento de la temperatura del agua del mar (con todo lo que eso puede implicar a nivel climatológico), es algo que ya se está constatando, tal y como por ejemplo muestra el estudio Cambio Climático en el Mediterráneo español, elaborado ya en 2010 por el Instituto Español de Oceanografía. Y todo esto, claro está, influye en los factores anteriormente descritos. En cierto modo es un círculo vicioso en el que estamos atrapados. Más calor, más sequía, más incendios forestales, más suelos degradados... Resolver la ecuación no resulta complicado. De seguir como hasta ahora buena parte de España puede terminar convertida en un desierto.
Este mapa muestra cómo se va a ver afectado el régimen de
precipitaciones en toda Europa a lo largo del presente siglo.
Los colores marrones indican regiones que sufrirán sequías
severas cada vez con más frecuencia hasta que esto se
convierta en norma, mientras que los amarillos indicarían
la llegada de periodos secos donde antes no los había.
Únicamente los tonos verdes mostrarían las regiones que
no se verán afectadas. 
     En definitiva, por mucho que haya quien se empeñe en no verlo nos encontramos en la primera línea de las regiones del planeta que más se van a ver afectadas por el Cambio Climático. Hay quien pierde el sueño con los vaivenes del llamado procés en Cataluña, o ante la mayor afluencia de inmigrantes indocumentados a nuestras costas, que siempre suele incrementarse en los meses estivales. Pero esas y otras cosas que suelen centrar la atención de los medios o el público en general no suponen el menor problema en comparación con lo que se nos viene encima. Porque tarde o temprano lo que arribará a nuestras costas será el Sáhara y muy difícilmente podremos frenarlo con las demostraciones de desidia medioambiental que hemos estado dando hasta ahora. Los cambios ya son visibles, con todo el sudeste peninsular en fase de clara desertización, como bien puede comprobar cualquiera que vaya por esas tierras y se encuentre ante kilómetros y kilómetros de paisajes esteparios con poca o casi ninguna vegetación (como bien se muestra en el artículo 2090: España será el nuevo Sáhara). Muchos siguen sin ser enteramente conscientes, cansados de tantos anuncios catastrofistas, pues una encuesta realizada por el CIS el pasado año mostraba que el medio ambiente sólo preocupaba al 0,6% de los encuestados. Es lo que algunos han denominado como "el síndrome de la rana hervida", en referencia al símil del batracio que se cuece en una olla sin darse cuenta porque la temperatura ha ido subiendo muy poco a poco. Eso mismo es lo que parece que le está pasando a mucha gente en referencia a la amenaza de desertización y el calentamiento del clima. Es algo que en cierta forma todo el mundo sabe que está ahí, pero como las trasformaciones suceden a una escala mayor que días o semanas, es un proceso de décadas, a la larga se termina olvidando o subestimando. Pero dicho proceso sigue en marcha y, lejos de detenerse, parece que aprieta el acelerador. La idea de que estamos ante un fenómeno acíclico, que tarde o temprano volveremos a estar como hacía años, es por completo errónea y además muy peligrosa. Lo es  sencillamente porque implica inacción, un lujo que tampoco podemos permitirnos.
 
    Lo que muchos tampoco entienden, o no quieren entender, es que todo esto va mucho más allá de que nos quedemos sin bosques o cada vez llueva menos. La desertización y el Cambio Climático amenazan muy seriamente nuestra prosperidad y modo de vida, cuando no resulta exagerado decir que podrían destruirlos por completo. En una entrada anterior de este blog ya se comentó que un estudio realizado por un panel de expertos de las universidades estadounidenses de Berkeley y Stanford pronosticaba que el PIB español se contraería un 46% durante el presente siglo únicamente como consecuencia de las trasformaciones climáticas que podrían tener lugar. Tal implosión económica, que no sería exclusiva de España porque todos los países del Mediterráneo la sufrirían igualmente, tendrá sin lugar a dudas consecuencias catastróficas para la vida de millones de personas. Invariablemente todo esto supondrá desplazamientos de población seguramente a una escala mucho mayor que la actual, una escasez de agua que podría poner en marcha toda clase de conflictos, un problema para la producción de alimentos (porque en el desierto nada crece), la llegada de enfermedades que antes no estaban en nuestro territorio, empobrecimiento generalizado y, en definitiva, un inmenso caos social que devendrá en político y que se llevaría por delante cuanto hemos conocido. No es una profecía apocalíptica por mucho que lo parezca, el proceso ya está en marcha y no se detendrá por mucho que lo ignoremos. Con eso lo único que conseguiremos será acelerarlo, mientras gestionamos pésimamente nuestras reservas hídricas, no hacemos nada para detener la erosión de los suelos, no se destinan los recursos necesarios para combatir los incendios forestales y no se actúa para reducir el nivel de emisiones de dióxido de carbono. Es como ir directamente hacia un precipicio al volante de un potente deportivo y, en vez de frenar y dar la vuelta para tomar la dirección contraria, pisamos más y más el acelerador para arrojarnos al abismo a la máxima velocidad posible. No tiene el menor sentido.

     La novela del escritor italiano Bruno Arpaia Algo, ahí fuera (Alianza Editorial, 2016), nos muestra una visión de ese posible futuro. Bosques marchitos que ya son sólo un recuerdo, paisajes agrietados, tierras sin agua y sin pan, violencia, caos político y social y millones de refugiados climáticos del sur de Europa marchando en tristes columnas hacia el prometedor norte. Es una visión desoladora de un mundo que se derrumba mientras sus habitantes tratan de sobrevivir como pueden, el mundo de la huida hacia delante en el que nada es seguro. La novela casi parece premonitoria. Podemos consolarnos pensando que un futuro así todavía no está a la vista, pero sus señales nos llegan cada día con más fuerza. Pensar que algo así nunca nos podría pasar, para así continuar anestesiando nuestras conciencias, es un consuelo de idiotas. Allá en su pueblo natal mis padres conocieron una serranía exuberante y boscosa donde el agua fluía generosa y aparentemente inagotable. Yo más bien he conocido montes pelados dominados por el matorral, con pinares dispersos aquí y allá, y donde los arroyos en superficie son una visión bien extraña ¿Qué será lo que conocerán nuestros hijos y nietos? ¿Un desierto reseco y polvoriento tal vez? Quizá todavía hay tiempo para impedirlo. Porque lo único seguro es que si seguimos mirando hacia otro lado, ignorando al desierto que viene, éste terminará llamando a nuestras puertas tarde o temprano.   



 
M. Plaza
 

 


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