Los espectáculos taurinos a través de la Historia

Los rituales y festejos en los que se sacrificaban todo tipo de animales han existido en numerosas culturas desde hace miles de años. La llamada tauromaquia se enmarca en esta tradición, todo y que esta clase de espectáculos se han vuelto anacrónicos en el mundo de hoy y ya muy pocos países los mantienen.


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Detalle de un mosaico romano en el que aparece representada la lucha
de un oso contra un toro en la arena de un anfiteatro. Obsérvese que las
bestias están siendo azuzadas por gladiadores, encargados en este caso
de mantener el espectáculo.
      "A cosa del Demonio (el correr los toros), ajena a lo cristiano, debido a la gran cantidad de muertos, heridos y lisiados que provocan".

De la bula De Salutatis Gregis Domici, emitida en 1567 por el papa Pío V, mediante la cual se prohibían los espectáculos taurinos.

  
      Pocos animales aparte del toro (Bos primigenius sp. taurus) han ocupado un lugar tan relevante en los mitos, tradiciones y rituales religiosos de gran número de culturas a lo largo de la Historia. En buena medida ello se debe a que es uno de los animales domésticos más importantes que han existido para el desarrollo de la economía y las sociedades humanas. Desde hace miles de años las reses vienen tirando de los arados, permitiendo la existencia de la agricultura, han sido usadas como bestias de tiro y de ellas hemos extraído todo tipo de alimentos (carne, leche y sus derivados) y materiales (cuero) esenciales de los que nos hubiera sido imposible prescindir. En tiempos remotos la riqueza de los individuos y familias se medía en cabezas de ganado bovino, por ser estas criaturas un elemento central en la economía de las sociedades agrarias, costumbre que todavía pervive por ejemplo en determinadas etnias africanas (como por ejemplo los dogones o los masai).

     Es por eso que la figura del toro ha estado imbuida de un profundo simbolismo desde tiempos inmemoriales. Al tratarse además de un animal grande y poderoso, dotado de una notable fortaleza física y grandes astas, capaz de matar a una persona de una embestida, ha sido icono de fuerza y virilidad y numerosos pueblos lo ha adorado por eso. Este simbolismo se hace extensivo al eterno enfrentamiento entre el ser humano y las fuerzas salvajes de la Naturaleza, de las que el toro es un magnífico exponente. El hombre frente a la bestia, destinado el primero a abatir a la segunda, un sacrificio de sangre en el que se terminan asimilando las facultades del animal y se consagra nuestro dominio y superioridad frente al mundo natural. En la Antigüedad el toro estaba bien presente en las culturas y religiones de Oriente Medio y el Mediterráneo, donde habitaba su antepasado salvaje el uro (Bos primigenius sp. primigenius), y el entre las que destacó por ejemplo la civilización minoica. Los minoicos dominaron el Egeo entre los siglos XXX y XV a.C., una lapso de tiempo realmente formidable, y a ellos debemos la famosísima leyenda del Minotauro, pues el toro era un animal sagrado en esta cultura y estaba presente en todo tipo rituales y festejos (son muy conocidos los frescos minoicos en los que se representan jóvenes, hombres y mujeres, saltando sobre las astas de un toro). Dentro del ámbito peninsular las culturas íbera y celtíbera también convirtieron al toro en objeto de culto, pues hay evidencias de sacrificios rituales en el conocido como Circo de Tiermes (asentamiento próximo a Numancia que fue romanizado posteriormente), así como de una importante simbología relacionada en la forma de representaciones como los Toros de Guisando (conjunto escultórico del siglo II a.C. ubicado en la provincia de Ávila). Asimismo el historiador clásico Estrabón cita en sus obras la existencia de grandes rebaños bovinos en los llanos del Guadalquivir, presentes ya desde las épocas tartésica y turdetana (desde el 1.200 a.C. en adelante).

     En todos estos casos la imagen del toro aparece ligada siempre a alguna clase de culto. Los animales se sacrificaban, o eran empleados de alguna otra manera, como parte de un rito cuyo significado variaba de unas culturas a otras. Así por ejemplo en el mitraísmo, una religión muy extendida por todo el Imperio Romano entre los siglos I y IV d.C., se sacrificaba un toro en un ritual llamado taurobolium para de esta manera bautizar a los iniciados con su sangre.

Los orígenes de los espectáculos taurinos en la Antigua Roma

    Parece ser que el sacrificio de animales en grandes espectáculos organizados con una finalidad exclusivamente lúdica, y por ello sin que mediara ninguna motivación mística o religiosa, tiene su origen en época romana. Las atracciones sangrientas destinadas al divertimento de la plebe son bien conocidas, pues el cine de Hollywood las ha representado numerosas veces en las luchas de gladiadores, que no necesariamente tenían por qué ser a muerte. No obstante igualmente populares y extendidas fueron las venatio o venationes, espectáculos en los que los luchadores (así llamados venatoresbestiarii) daban muerte a fieras y otro tipo de animales o los azuzaban para que pelearan entre sí. Dichos espectáculos eran un elemento muy importante dentro los ludi, los "juegos", que tenían lugar en los anfiteatros (como el Coliseo de Roma) de todo el Imperio.

     Hay numerosas evidencias que muestran que el toro fue uno de los animales más empleados en las venationes. Mosaicos, frescos y objetos cerámicos policromados que se han conservado representan profusamente escenas de caza y lucha en las que se persigue y da muerte a reses bravas, cuando no se las hace luchar contra osos, perros o grandes felinos. Dichas representaciones se han hallado por toda el área mediterránea (la esfera de influencia romana). En la región de Lacio (donde se ubica la propia Roma), Pompeya, las ciudades del sur de la Galia, Túnez (que fue la antigua provincia senatorial de África), Hispania, Asia Menor, Siria, etc. Esto por si solo da una idea de hasta qué punto eran populares los que podríamos denominar como "juegos de toros", en los que se arremetía contra los animales empleando lanzas, saetas o incluso espadas cortas (el gladius que daba nombre a los luchadores que lo empuñaban), con los venatores yendo a pie o a caballo. Tanto es así que las referencias escritas tampoco son raras. Desde Marco Terecio Varrón (siglo I a.C.), que menciona que las cacerías de toros ya eran frecuentes en su época como espectáculo dentro de los ludi; pasando Cayo Calpurnio Pisón (siglo I d.C.), que habla del uso de astados en unos juegos celebrados en honor al emperador Nerón; hasta una crónica que data del 238 d.C., en la que se describe el sacrificio de hasta 1.300 animales, de los que alrededor de un centenar eran toros de Chipre, en unos juegos organizados por Gordiano (que posteriormente sería proclamado emperador).

     Se ha documentado el uso de todo tipo de animales exóticos en los ludi de los anfiteatros. Rinocerontes, avestruces, camellos, jirafas, elefantes, hipopótamos, cocodrilos... Sin embargo el toro siguió ocupando un papel central como una de las bestias estrella en los espectáculos. La mitología grecorromana tiene parte de culpa, ya que este animal es protagonista en varios e importantes relatos legendarios, como la lucha de Hércules (Heracles) contra el Toro de Creta. Sin embargo emplear reses bravas también ofrecía ventajas respecto al uso de animales salvajes que debían ser capturados y trasportados a menudo desde tierras lejanas. Los toros eran ganado doméstico y podían ser criados en gran número con relativa facilidad, la única diferencia estribaba en que la bravura era la cualidad principal que se buscaba en ellos. Hay numerosas referencias a la Península Ibérica como centro de cría de estas reses destinadas a las venationes. De hecho investigadores como Álvarez de Miranda, Huizinga y Lafaye sostienen que estos espectáculos de la Antigua Roma están en el origen de las actuales corridas de toros.

Evolución durante el medievo

     Con la extensión del cristianismo, las invasiones germánicas y el posterior colapso del Imperio Romano de Occidente, los ludi cayeron en desuso y terminaron desapareciendo de la Historia. Pero algo quedaría de ellos, especialmente en la Europa mediterránea, al ser esta área la más romanizada de todas. Durante la Alta Edad Media (siglos V al X) apenas sí existen pruebas de la celebración de espectáculos con toros, si bien dentro del entorno hispánico hay evidencias de que ya en el año 815 tuvo lugar un festejo de estas características en la ciudad de León, entonces bajo dominio musulmán (aunque parece ser que el evento fue organizado por cristianos, los conocidos como mozárabes). Aparte de estas referencias aisladas la falta de documentación propia de estos siglos, al menos en los reductos cristianos del norte de la Península, nos impide tener una visión clara de las costumbres populares de la época.

     El espectáculo taurino más antiguo que podemos considerar relacionado con una corrida, y del que existe una constancia precisa, tuvo lugar en Ávila en el año 1080 con motivo de la boda del infante Sancho de Estrada. Celebraciones similares han sido documentadas, por ejemplo, en la boda de un miembro de la alta nobleza castellana llamado Blasco Muñoz (Varea, Logroño) en 1107, en la coronación de Alfonso VII en 1133 y también en la posterior boda de su hija en 1140. En todos estos casos, y seguramente en otros muchos peor documentados, la fiesta de "correr los toros" y darles muerte viene asociada a festejos y celebraciones de cierta relevancia. Bodas de nobles, coronaciones reales, defunciones de personajes ilustres, festejar victorias militares, beatificaciones y canonizaciones efectuadas por la Iglesia, etc.

Detalle de la miniatura "correr los toros", de las Cántigas de Santa María, en parte obra de Alfonso X el Sabio (1221-1284).

      A lo largo de los siglos siguientes el "correr los toros" se convirtió en un pasatiempo habitual entre la nobleza, que se extendió desde los reinos de León y Castilla al resto de la Península. También terminó por extenderse incluso más allá, a la Francia meridional (menos "germanizada" y por tanto más influenciada por la antigua cultura latina) e Italia. En todo caso la antigua provincia romana de Bética, que abarcaría mayormente lo que hoy es Andalucía, sería uno de los principales centros de estos espectáculos, siendo Sevilla una de las plazas más destacadas durante los siglos XIII, XIV y en adelante. Esto lo sabemos gracias a testimonios como el recogido en las Crónicas de don Pero Niño (más conocidas como "El Victorial"), escritas hacia 1436. Uno de sus pasajes reza:

      "...(estando el rey en Sevilla) algunos días corrían toros, en los quales ninguno non fue que tanto se esmerase con ellos, ansí a pie como a caballo; adonde él lanzó muchas hermosas lanzas, ansí a pie como a caballo, ésperándolos, poniéndose a grand peligro con ellos, haziendo golpes de espada tales, que todos heran maravillados".  

Gracias a registros como este sabemos que, en época medieval, la costumbre era acosar y dar muerte a las reses, sobre todo empleando lanzas, en un espacio acotado pero generalmente fuera de los recintos amurallados de villas y ciudades. Pronto se extendió la costumbre también de instalar graderíos para que el público pudiera disfrutar de los espectáculos. Muchos caballeros participaban en la cacería simulada a lomos de sus monturas, pero también los había que se arriesgaban a pie para demostrar su valor y temeridad. Normalmente, una vez acorralado y herido de muerte, se remataba al animal con la espada y a veces también con disparos de ballesta. He aquí una fascinante conexión entre las venationes de la Antigüedad clásica y la actual tauromaquia, pero asimismo podemos comprobar la pervivencia de este espectáculo medieval en el muy polémico Toro de la Vega de Tordesillas.

     En todo caso cabe señalar que estamos hablando de un tipo de festejo practicado básicamente por la nobleza. De entrada el pueblo llano quedaría fuera de este tipo de celebraciones, ya que correr los toros se consideraría más bien un "deporte" pensado para practicar las habilidades guerreras, como también lo eran las grandes monterías. No obstante no es de extrañar que el campesinado y la población de los burgos emergentes también comenzara a celebrar su versión de los espectáculos taurinos, tratando de emular a los nobles. No obstante dicha expresión popular pronto contaría con el rechazo institucional y de la Iglesia, ya que muchos de estos improvisados festejos  terminaban descontrolándose en exceso (reses que escapaban y arremetían contra las muchedumbres, peleas a cuchillo por dirimir quién daría muerte al toro, disturbios alimentados por la embriaguez...). El populacho tenía que ser excluido de los espectáculos taurinos y, ya en 1332, fueron prohibidos en buena parte de Italia tras unos graves incidentes acaecidos en Roma, en los que fallecieron 19 caballeros y un número indeterminado de otras personas por heridas de asta de toro. Tanto es así que a mediados del siglo XIII el rey castellano Alfonso X ("el Sabio") legisló en su Fuero Real, así como en el Código de las Siete Partidas, que:

      "... lanzó (el rey sabio), la grave acusación de infamia contra todo hombre que lidiase un toro bravo (...), condenando a los matatoros a la segregación social y a la persecución por la justicia (...) reservada esta lidia de reses bravas a los que la hicieran gratuitamente desde el caballo".

Queda claro, pues, que la lidia debía permanecer como un privilegio exclusivo de la nobleza. De esta manera evolucionó hacia lo que sería conocido como lucha caballeresca o cortesana, una variante de las famosas justas medievales que tantas veces ha reproducido el cine contemporáneo. El espectáculo se traslada del campo a un recinto o espacio público acotado dentro de las ciudades, alternándose con los más extendidos duelos entre caballeros. La costumbre de enfrentarse al toro a caballo se mantiene, lo que obviamente derivaría en la actual técnica del rejoneo. No obstante un recinto cerrado de dimensiones limitadas, donde res y montura tienen menor libertad de movimientos, suponía un riesgo mucho mayor para el jinete, que podía ser derribado con facilidad. Es por ello que el caballero debía contar con la cobertura de sirvientes que lo asistieran en caso de necesidad, entrando en el terreno de lidia a pie e interponiéndose entre la res brava y su señor si era preciso. El riesgo para sus vidas era más que evidente y estos asistentes a menudo distraían al animal usando mantas o capas, para de esta manera alejarlo del caballero accidentado y que este pudiera retirarse con seguridad. Es de esta forma aparentemente tan humilde que la posterior técnica de toreo a pie comienza a evolucionar.

Hacia la moderna tauromaquia. Entre el rechazo y la consolidación

      La lidia cortesana se mantuvo como costumbre nobiliaria altamente popular en toda la Península Ibérica durante toda la Edad Media e incluso después. De hecho se practicaba hasta en el reino nazarí de Granada, donde en 1354 el sultán ordenó organizar una gran corrida para celebrar la circuncisión de su hijo y heredero al trono. La nobleza castellana, principalmente, continuó valorando lo espectáculos taurinos como una práctica honorable todo y que, como hemos visto, estaban siendo prohibidos en otras partes de Europa al ser considerados como algo bárbaro y sangriento.

En la imagen una pintura de Francisco de Goya en
la que un toro embiste y destripa a varios caballos.
Antes de que se estableciera la protección para las
monturas ésta era una visión habitual en los ruedos.
      Es importante señalar que el sentimiento antitaurino no es algo ni mucho menos reciente, pues ya existía en esta época, más a partir del Renacimiento, que asoció este tipo de prácticas al incivilizado medievo. La Iglesia se sumaba a menudo a esta postura y prueba de ello es la bula papal emitida en 1567 por Pío V, de la que reproducimos un breve pasaje en la cabecera del presente artículo, en la que se amenazaba con la excomunión a perpetuidad a quienes organizaran o participaran en espectáculos taurinos. También sabemos por obra del cronista Fernández Moratín (1776), que la propia Isabel la Católica no era ni muchos menos una entusiasta de estos festejos, pero que se abstuvo de prohibirlos a causa de su enorme popularidad. En 1609 el jesuita Juan de Mariana nos da su opinión al respecto en su obra De spectaculis, poniendo como ejemplo el caso del emperador romano Commodo (que gustaba de bajar a la arena del Coliseo para participar en las luchas que allí tenían lugar):

      "...a los toros a lidiar con ellos et a matarlos cuemo otro montero qualquiera (...), fechos que no convienen al emperador, ni a rey, ni a otro príncipe ni a ningún omne bueno".

No eran pocos los que consideraban que matar animales de esta manera por puro divertimento era algo por completo reprobable. Uno de los más insignes fue Francisco de Quevedo, que en 1630 escribió una epístola, dirigida al Conde-duque de Olivares, titulada Contra las costumbres presentes de los castellanos y en la que se criticaba la lidia de reses bravas por considerarla algo dañino por su crueldad y por las consecuencias que se derivaban para las cabañas ganaderas. Ciertamente podemos asumir que el pueblo llano no hizo demasiado caso a estas consideraciones. A lo largo de todo el siglo XVII, y como una evolución de la participación de asistentes en las corridas caballerescas, la lidia a pie se fue extendiendo más y más como un espectáculo ampliamente popular. El toreo moderno estaba tomando forma, pues esos lacayos que arriesgaban sus vidas ante un toro para salvar la de su señor empezaron a ser admirados e imitados por la plebe. Pero las prácticas no estaban ni mucho menos estandarizadas, lo que a menudo se traducía en auténticas carnicerías, ya que no era extraño acosar a las reses con ayuda de perros, inmovilizarlas con cuerdas y ganchos, o arremeter contra ellas con todo tipo de armas y objetos contundentes (picas, garrotes, estoques...). De esta época derivarían también otras tradiciones como los correbous catalanes, los bous al carrer de la Comunidad Valenciana, o los encierros que se celebran en muchos otros lugares (de los que los sanfermines pamploneses son el exponente más conocido). Ni qué decir tiene que se trataba en todos los casos de pasatiempos en extremo peligrosos para quienes los practicaban; las muertes y los incidentes graves no eran infrecuentes.

      La llegada del siglo XVIII trajo consigo una nueva dinastía a España, la de los Borbones. Entre las clases altas se imponían nuevos estilos importados desde la Francia de la Ilustración, razón por la cual las corridas a caballo practicadas por la nobleza empiezan a caer en desuso. El nuevo monarca, Felipe V, no aprobaba de ninguna de las maneras esta clase de festejos al considerarlos bárbaros, vulgares y de mal gusto. Las clases pudientes siguen su estela y los espectáculos taurinos quedan relegados a algo propio del populacho ignorante. De esta nueva forma de pensar entre la élite gobernante ilustrada surgen las iniciativas legislativas para tratar de acabar con estas tradiciones consideradas bárbaras. Durante el reinado de Felipe V permanecieron prohibidas las corridas y celebraciones similares entre los años 1704 a 1725 (cuando, no sabemos muy bien por qué, se levantó el veto). Su sucesor Fernando VI volvió a prohibirlas en 1754 (salvo para ciertos actos con fines benéficos), si bien dicha prohibición se mantuvo apenas cinco años. Carlos III volverá de nuevo a la carga con la Pragmática Sanción de 1785 que prohibía "...las fiestas de toros de muerte en todos los pueblos del Reyno". Y nuevamente Carlos IV continuaría en la misma línea con nuevas disposiciones similares en 1790 y 1805, que prohibían incluso la celebración de festejos taurinos de todo tipo que tuvieran lugar en la calle.            

      En esta época no son pocos los ilustrados que rechazan abiertamente los festejos taurinos, al tratarse de gente culta que deseaba reformar y modernizar el país. Para ellos son una muestra de la España más oscura y medieval, algo que perjudica seriamente nuestra imagen de cara a otras naciones europeas más avanzadas y poderosas. Ese "exotismo español", la sensación de que al sur de los Pirineos termina Europa, queda reflejado en la visión estereotipada que se impone del país en el exterior, una tierra de matadores que arriesgan sus vidas en la arena como los gladiadores de la Antigüedad, gitanas indomables que esconden navajas bajo sus faldas y pasiones salvajes (tal y como se muestra en la opera clásica Carmen, obra del compositor francés George Bizet). Uno de los más firmes detractores de las fiestas de toros fue el marino de guerra, político y erudito ilustrado José Vargas Ponce (1760-1821), que llegó a firmar de las mismas:

      "Su celebración no produce otra cosa que una juventud atolondrada, falta de educación como de luces y experiencias, los preocupados que las enardecieron sin hacer uso de la facultad de pensar, los viciosos por hábito, hambrientos siempre de desórdenes y, en una palabra, la hez de todas las jerarquías".

Sus duras palabras casi parecen dirigidas a jóvenes entregados a la práctica del "botellón", que sólo buscan emborracharse y consumir drogas, al tiempo que provocan altercados, destrozan el mobiliario urbano y dejan basura por todas partes. Pero no, se está refiriendo a los aficionados a los toros y, no lo olvidemos, hablamos de un personaje del siglo XVIII.

      Sin embargo y a pesar de todo, a pesar del rechazo que generaban entre muchos ilustrados y las sucesivas prohibiciones institucionales, los espectáculos taurinos resistieron y de hecho se hicieron incluso más populares. Como la gente de condición humilde no podía permitirse el lujo de poseer caballos, privilegio exclusivo de nobles y adinerados, la lidia a pie se convirtió en la práctica predominante, adquiriendo ya características muy similares a las actuales. Los "diestros" (como así habrían de ser llamados en la jerga taurina) pasaron de ser sujetos anónimos a convertirse en celebridades, los héroes del pueblo. Uno de los primeros de los que se tiene noticia fue José Cándido, que en junio de 1771 murió a causa de una cogida mientras toreaba en la plaza del Puerto de Santa María (curiosamente las crónicas cuentan que dicha cogida se produjo porque resbaló en un charco de sangre dejado por otros animales a los que se había dado muerte con anterioridad). De estos años son también los primeros cosos taurinos que se construyen, que obviamente imitaron en su forma a los anfiteatros romanos, así como la estructura y normas que habrían de regir la lidia, obra de Joaquín Rodríguez Costillares (1743-1800). Costillares es considerado el padre de la tauromaquia moderna e introdujo importantes innovaciones, como la organización de las cuadrillas y los tercios de la lidia, la verónica, la mejora en el uso de la muleta, la invención de la estocada y, entre otras tantas aportaciones más, el diseño del moderno traje de luces. Un discípulo suyo, José Delgado Guerra, escribió en 1796 el primer tratado de tauromaquia, considerado a partir de entonces un auténtico referente. Los festejos taurinos se acercaban a su madurez, imponiéndose a todos los intentos de erradicación, pues incluso durante las prohibiciones de los reinados de Carlos III y Carlos IV llegaron a celebrarse corridas en el propio Madrid.

Una excepción en Europa

      El siglo XIX puede considerase como el primer siglo taurino en España, entendiendo los espectáculos tal y como los conocemos. La "fiesta" es ya arrolladoramente popular y los toreros son elevados a la categoría de leyendas, casi como las superestrellas del deporte de hoy día. Resuenan los nombres de José Redondo Domínguez "El Chiclanero", Salvador Sánchez Povedano "Frascuelo" o Rafael Molina Sánchez "Lagartijo" (definido también por algunos cronistas como "el Califa del toreo"). Pintores de fama universal inmortalizarán estos espectáculos en su obra, como Francisco de Goya, que a menudo muestra lo excepcionalmente sangrientos que podían llegar a ser. Por ejemplo, en estos tiempos las monturas de los picadores acometían a las reses totalmente desprotegidas, por lo que frecuentemente morían destripadas por éstas. No sería hasta 1928 que se impuso la obligación de colocar petos protectores a los caballos para evitar tantas muertes.

Carteles Toros: Cartel de toros. Siglo XIX - Foto 1 - 27063344
Cartel que anuncia la celebración de una novillada
en la ciudad de Cádiz en octubre de 1863. Llama la
atención especialmente la palabra "muerte" resaltada.
      A pesar de todo esto todavía persisten intentos por prohibir los festejos taurinos. El decreto de 1805 no había sido derogado y en 1813, al calor del espíritu reformista que emanaba de las Cortes de Cádiz, se propuso de nuevo legislar al respecto. Ninguna de estas tentativas fue no obstante tenida en cuenta y la "fiesta" se siguió celebrando por todas partes sin mayores impedimentos. La última intentona seria de alcance nacional la tenemos en la proposición de ley de 1877, impulsada por el marqués de San Carlos, que abogaba por la supresión de las corridas de toros y los festejos con reses bravas que tuvieran lugar por la calles de las poblaciones. La proposición fue rechazada y unos años más tarde el marqués volvería a la carga con idéntico e infructuoso resultado. Porque para entonces ya era demasiado tarde, la tauromaquia se encontraba firmemente arraigada en suelo hispánico. Fue sobre todo a partir del reinado absolutista de Fernando VII (1813-1833) que se dio un apoyo institucional que consolidó los espectáculos taurinos como algo "propiamente español". De hecho es ya durante el siglo XX que se les otorga una protección jurídica, reglamentándola dentro del corpus legal. En medio de esta nota dominante hay de nuevo ciertas iniciativas en sentido contrario, intentos de prohibición entre 1900 y 1908 y nuevamente durante la Segunda República (1931-1936). Como en todos los demás casos fue como clamar en medio del desierto, los festejos eran demasiado populares, estaban muy extendidos y ya gozaban incluso del apoyo mayoritario de las élites políticas, económicas e intelectuales del país. También es interesante resaltar que Barcelona era en tiempos decimonónicos la principal plaza taurina por encima incluso de Madrid o Sevilla, pues ha sido la única ciudad en la que ha habido tres plazas activas al mismo tiempo.

      Sin embargo todo ello contrasta con las tendencias en sentido opuesto que se van imponiendo en el resto de Europa a lo largo del siglo XIX, tendentes a erradicar cualquier clase de espectáculo público sangriento, sea de la naturaleza que sea. A lo largo de los siglos XVII y XVIII seguían siendo frecuentes, por ejemplo, las ejecuciones públicas de castigos a reos condenados (azotes, ahorcamientos, decapitaciones, desmembramientos...), que se efectuaban ante las masas con fines aleccionadores. Todo eso cambiaría con la llegada de las revoluciones liberales que en el XIX traerían la instauración del Estado moderno. Ciertas prácticas ya no resultaban admisibles por ser consideradas excesivamente bárbaras. Sin ir más lejos en el terreno penal los castigos físicos, a menudo especialmente cruentos, tienden a desaparecer y son sustituidos por penas de prisión. El confinamiento en establecimientos penitenciarios deviene en la forma estándar de asumir una condena, una forma mucho más "civilizada" de tratar a los reos.

      Dicha filosofía se extiende también a todo tipo de espectáculos y festejos que, a lo largo y ancho de Europa, consistían en maltratar, hacer pelear entre sí o dar muerte a animales. Sin ir más lejos en la Inglaterra de los siglos XVI a XVIII fueron muy populares las llamadas Bull-baitings, el hostigamiento de toros empleando perros en un espacio acotado similar a un ruedo. Dichos espectáculos solían acabar con la muerte de la res, y también de algunos canes, y tenían fama de ser bastante sangrientos. Similares eran las Bear-baitings, en las que se sustituía al toro por un oso, celebrándose en este caso en los conocidos como "fosos de osos". Junto a ellas también fueron muy populares las peleas de perros, extendidas también por toda Europa pero a la vez una tradición muy británica que luego se exportó a Norteamérica, que empleaban a razas criadas específicamente para ello (bulldog, pitbull, etc.). En el caso inglés no obstante todo esto llegó a su fin con la pionera Acta de Crueldad contra los Animales, aprobada por el Parlamento en 1835 tras una intensa campaña llevada a cabo por la Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals (RSPCA), fundada en 1824 entre otras cosas para acabar con esta clase de prácticas. Pero la prohibición de maltratar y matar animales por puro divertimento o espectáculo no sólo fue algo propio de los países del centro y norte de Europa, cuna de la Ilustración y la Revolución Científica. Ya se ha mencionado que la prohibición en Italia de "correr los toros" se hunde casi en la noche de los tiempos. Pero yéndonos a Portugal nos encontramos con la práctica del forcado, o corrida de toros portuguesa, en la que, al contrario que los diestros hispánicos, mozos no profesionales denominados amadores se enfrentan a las reses en exhibiciones de agilidad y destreza sin darles muerte (lo que vendría a ser similar a los recortadores en España). Esto es así desde 1836, cuando se prohibió el sacrificio de los animales como parte del espectáculo.

     Nuevamente vemos como España siguió una dirección diametralmente opuesta, dando apoyo y protección institucionales a los espectáculos sangrientos en vez de prohibirlos. Todavía en el siglo XIX vemos como llegaron a patrocinarse incluso ciertas exhibiciones verdaderamente grotescas. Una de ellas tuvo lugar el 13 de febrero de 1898 en la antigua Plaza de Toros de Goya (Madrid), en la que se anunció a bombo y platillo una lucha a muerte entre un toro bravo y un elefante. Nerón era una cría de elefante, sin tan siquiera colmillos y sacada en este caso del zoo de la capital, mientras que su adversario sería un toro adulto apodado "Sombrerito". Una multitud de curiosos acudió al coso taurino tras haber pagado le pertinente entrada, todos aguardando a disfrutar de un espectáculo salvaje, pero al parecer los únicos que aportaron algo de sentido común a semejante esperpento fueron los propios animales. De entrada elefante y res se ignoraron y el público abucheó y protestó con fiereza, tras lo cual un segundo toro fue azuzado para que arremetiera contra la encadenada cría de paquidermo. Nerón terminó con diversas heridas de consideración, pero ni tan siquiera así se consiguió que ambos animales terminaran enfrentándose abiertamente, por lo que al fin fueron retirados para disgusto de los espectadores (pues seguramente pensaron que habían sido estafados). Para saber más acerca de esta historia recomiendo la entrada El día que Madrid se disfrazó de la Antigua Roma.

La Fiesta Nacional. El encaje de los espectáculos taurinos en la actualidad

     Entrados ya en el siglo XX vemos como los espectáculos taurinos a muerte se mantienen sólo en España, algunas poblaciones del sur de Francia (Arlés, Nimes o Bayona) y ciertos países latinoamericanos, especialmente en México y Colombia, a donde llegaron importados desde la antigua metrópoli. Hemos mencionado que en esos años la lidia comienza a blindarse jurídicamente, no obstante el espaldarazo definitivo llega con la dictadura franquista. Hacia 1940 el país salía de una cruenta contienda civil que lo había desgarrado durante tres años, así que el tirano y sus acólitos buscan con ahínco alguna clase de símbolo que una a toda la nación. Algo que desate pasiones tanto en el norte como en el sur, entre gente de derechas y de izquierdas, ya sean ricos o pobres. Los toros serán esa argamasa y pronto son elevados a la categoría de "Fiesta Nacional", apelativo acuñado en tiempos del régimen. Después de eso la lidia a muerte y otros festejos taurinos son incesantemente patrocinados como una de las expresiones más características de la identidad nacional, un patrimonio cultural único que ha de ser cuidado y protegido. Como vemos, este discurso que tanto se repite desde determinadas plataformas, tiene un origen ciertamente reciente.

Resultado de imagen de manifestación antitaurina
En la imagen una manifestación antitaurina, celebrada
en Madrid el pasado mes de septiembre.
     Para cuando llega la democracia la tauromaquia parece firmemente implantada en nuestro país, casi como si hubiera llegado para quedarse. Con todo algo empieza a moverse. En la década de los 80 del pasado siglo, ya bajo los gobiernos del PSOE, se implantó la prohibición de dar muerte a las reses en los espectáculos callejeros, como venía siendo habitual hasta esa fecha. No obstante dicha normativa excluía determinados festejos por su carácter "tradicional y extraordinario", como el ya mencionado Toro de la Vega y otros similares. Esto evidencia que el apoyo institucional seguía siendo muy fuerte.

     Llegados a este punto es cuando resurge con fuerza el movimiento antitaurino en nuestro país. Las nuevas generaciones crecidas en democracia lo hacen dentro de una escala de valores más acorde a la existente en las naciones de nuestro entorno, por lo que ciertas costumbres y aficiones, tan arraigadas en sus padres y abuelos, ya no son de su agrado. Entre ellas figura por supuesto la de maltratar y matar animales por puro entretenimiento. Este rechazo ha ido creciendo en buena parte de España a lo largo de las dos últimas décadas, pasando de ser algo minoritario, casi marginal, a un sentimiento que goza ya de amplio respaldo popular. Fruto de dicho respaldo han surgido partidos animalistas como la PACMA, que ha convertido la lucha contra la tauromaquia en una de sus banderas y que en los últimos comicios quedó cerca de contar con representación parlamentaria. Hoy por hoy la Encuesta de hábitos y prácticas culturales (2014-2015), elaborada por el propio Ministerio de Cultura, parece dejarlo bien claro. En 2015 sólo el 7% de la población adulta del país acudió a corridas de toros, mientras que menos de un 10% presenció festejos taurinos de otro tipo. En los últimos diez años el número de corridas celebradas ha descendido casi en un 60%, lo que da una idea del creciente desinterés que existe hacia este tipo de espectáculos. Es más, dicho desinterés ha ido en aumento conforme las polémicas y el rechazo social han ido ganando fuerza, llevando el tema de la prohibición al centro del debate político.

    Como hemos visto a lo largo de la Historia los festejos taurinos han contado con sus detractores y, de manera progresiva, éste y otros espectáculos de la misma índole han ido despareciendo de casi todas partes. No obstante ahora en España estamos asistiendo a una situación muy particular. Si en el pasado el empeño institucional por prohibir la "fiesta" chocó de frente contra su enorme popularidad entre el pueblo llano, ahora se da precisamente el fenómeno opuesto. Ante la demanda popular cada vez más amplia que aboga por la abolición, son los poderes fácticos los que se empecinan en mantener e incluso reforzar la sobreprotección a la tauromaquia amparándose en unos apoyos cada vez más minoritarios. Es un claro síntoma de que los tiempos están cambiando y ciertos grupos políticos y de poder no van en consonancia con los mismos. Prueba de ello es la reciente sentencia del Tribunal Constitucional que, en un arrebato involucionista, dicta anular la ley catalana que, desde agosto de 2010, prohibía las corridas de toros en el Principado. Para ello se apoya en leyes que se elaboraron a posteriori, entre 2013 y 2015 bajo el gobierno del Partido Popular, al parecer con la única intención de minar la iniciativa catalana. En este caso muchos parecen olvidar que los espectáculos taurinos fueron prohibidos en su totalidad en Canarias ya en 1991, dado que en el archipiélago nunca existió afición a los mismos.

     En resumen, por mucho que desde algunos estamentos se sigan empeñando en ensalzar la "Fiesta Nacional" como una manifestación del acervo cultural común ibérico, existe ya una mayoría social que la rechaza abiertamente. Matar animales para dar espectáculo es una costumbre por completo anacrónica, una anomalía cultural e histórica, como bien lo demuestra el hecho de que ya apenas sí se mantenga en casi cualquier país medianamente avanzado. El arraigo es fuerte todavía en México, por ejemplo, y se mantiene en otros lugares como Perú o Colombia. Pero en otros países como Ecuador o Panamá se ha iniciado ya la vía de la prohibición, vía que el gobierno peruano también parece dispuesto a emprender (al respecto ver esta pestaña de Google Maps). Esta tendencia llega asimismo a Francia donde, al contrario de lo que están haciendo nuestros juristas y gobernantes, se les retira a las corridas de toros la categoría de espectáculo de interés cultural. Son procesos que se han puesto en marcha y que difícilmente se detendrán. Más pronto que tarde los defensores de la "fiesta" se van a encontrar más solos que nunca.        

M. Plaza


Para saber más:

Los orígenes de la tauromaquia (Mirada Histórica Biocentrista).
Un poco de historia de las corridas de toros (Anima naturis).
Las prohibiciones históricas de la fiesta de los toros (Álvaro Luis Sánchez-Ocaña Vara).



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