Presentes distópicos

Es fácil imaginar un futuro distópico en el que la civilización se haya derrumbado y los seres humanos sobrevivamos en medio del caos y la barbarie. Sin embargo no es necesario recurrir a la ciencia ficción para encontrarnos con algo así, pues en la actualidad los presentes distópicos ya son una realidad en muchas partes del mundo.


isis119 hornos de ladrillo se yerguen sobre un basurero en Bangladesh
Dos imágenes de nuestro mundo actual. A la izquierda un miliciano del Daesh (Estado Islámico) posa junto a las cabezas ensartadas de reos decapitados en la ciudad siria de Raqqa. A la derecha un extenso vertedero de basura, con un bosque de chimeneas de fábricas de ladrillo como fondo, en Bangladesh.

         El género de la ciencia ficción es proclive a imaginar distopías futuristas para mayor goce y disfrute de sus seguidores. En la apocalíptica era post nuclear de sagas como la de Mad Max los supervivientes tratan de abrirse camino entre las ruinas de la civilización, luchando a muerte unos contra otros por las últimas reservas de combustible que hacen funcionar sus preciados vehículos. En la atrozmente desigual sociedad del futuro de films como Elysium, una reducida élite de súper ricos disfruta de una idílica existencia a bordo de una paradisíaca y prácticamente inaccesible arca espacial que orbita la Tierra (donde pueden prolongar artificialmente sus vidas y no padecer enfermedades gracias a los avances tecnológicos), mientras el resto de la humanidad a duras penas subsiste empobrecida y oprimida en un planeta superpoblado y por completo devastado. Así también en la exitosa trilogía de Los juegos del hambre, las igualmente empobrecidas poblaciones de los doce distritos de Panem viven sometidas bajo la brutal tiranía del Capitolio, cuya población nada en la abundancia y se entrega a todo tipo de lujos y excesos, mientras el resto trabaja en condiciones de semiesclavitud y apenas sí tiene nada que llevarse a la boca.

        Ya sea porque nos gusta compararlas con nuestra relativamente acomodada situación actual, o ya sea por la morbosa atracción que sentimos hacia lo salvaje, lo cierto es que en las sociedades occidentales las distopías tienen una importante cuota dentro del mercado del entretenimiento. Presentan mundos horribles, es verdad, pero son mundos totalmente ajenos al nuestro que podemos disfrutar cómodamente viendo una película o serie de televisión y también leyendo un libro. Somos grandes consumidores de horrores ficticios. Horrores de ciudades en ruinas plagadas de zombis putrefactos de los que huyen unos vivos que no pocas veces son peores que los muertos andantes. Horrores de guerras, catástrofes climáticas o pandemias que devastan todo el planeta y apenas sí dejan supervivientes, que por si fuera poco han de enfrentarse a máquinas asesinas que pretenden aniquilarlos o a simios mutantes que han desarrollado una inteligencia comparable a la humana. Incluso también distopías pseudomedievales de mundos inventados como el de Juego de tronos, que sin embargo se parecen demasiado al nuestro (salvo por algún que otro pequeño detalle como dragones y otros seres mágicos). Unas y otros hacen furor.

        Sí, esta clase de distopías encandilan a un buen número de seguidores, tanto como ignoramos aquellas que nos rodean en este mundo en el que vivimos. Y es que las distopías reales, esas en las que viven sumidas millones de personas en todo el globo, a menudo superan las ficciones inventadas ¿Un mundo apocalíptico sumido en la destrucción y el caos, donde los supervivientes queden reducidos a un estado de absoluta miseria? ¿Qué tal un paseo por países como Afganistán, Irak, Siria, Libia, Somalia, Yemen...? La lista aumenta a cada día que pasa ¿Un Estado totalitario que controle celosamente a todos sus ciudadanos como en la novela de George Orwel 1984? No necesitamos irnos a la Corea del Norte de Kim Jon-un, ¿qué tal el "Gran Hermano" Obama y la red de espionaje a escala masiva montada por la NSA norteamericana? Luego dirán que no es para tanto y que lo único que buscan es protegernos de criminales y terroristas, pero el caso es que la intimidad de millones de personas en todo el mundo puede ser violada con total impunidad ¿Hordas de bárbaros que arrasan con todo y siembran el terror allá por donde pasan? No necesitamos imaginarlos en ninguna película o serie de televisión, ¿qué mejor ejemplo que el de los carniceros desquiciados del Daesh o Estado Islámico? Sus asesinatos en masa, decapitaciones, crucifixiones, torturas y demás son tan reales y cotidianos como bajar a comprar el pan o coger el autobús. No sé yo, pero que gente así exista y cobre fuerza puede ser un síntoma de lo enferma, cuanto menos moralmente hablando, que está nuestra civilización. Y ya por último, ¿una amenaza global capaz de acabar con el mundo tal y como lo conocemos? No es necesario esperar a ningún asteroide gigante en rumbo de colisión con la Tierra, a un virus súper mortífero que no tiene cura o a una invasión de belicosos alienígenas ávidos de conquista. Ya nos bastamos nosotros solitos emitiendo a lo loco dióxido de carbono a la atmósfera para sobrecalentarla, o devastando ecosistemas terrestres y marinos para satisfacer nuestro descontrolado modelo económico y nuestras ansias consumistas. No hace falta nada más, tan sólo que sigamos haciendo lo que actualmente hacemos: conducir nuestros coches, ir de compras a centros comerciales para adquirir productos procedentes del otro extremo del mundo, tomar un avión para ir de vacaciones... Sí, nada más basta para que continuemos nuestra imparable marcha hacia el abismo del caos climático y la escasez de recursos vitales que pueden asestar un golpe letal a la civilización. Que luego no digan que nos pilló por sorpresa, estamos más que avisados (si no leer la siguiente noticia de la edición digital de The Guardian, donde se habla de un estudio realizado por el Goddard Space Flight Center de la NASA que anuncia un más que probable colapso civilizatorio a veinte años vista más o menos).

        Mientras ese futuro nos aguarda podemos seguir disfrutando de las distopías fabuladas, mientras cerramos los ojos a las reales que nos acechan por todos lados. Así evitaremos pensar en que el 1% de la población, los más opulentos, concentra la mitad de la riqueza mundial mientras la desigualdad avanza a galope tendido ¿Qué puede haber más distópico que comprobar que mientras algunos, con muchísima más suerte en la vida de la que realmente merecen, despilfarran cantidades ingentes de dinero en caprichos tales como carísimas joyas para sus mascotas, otros muchos miles se dejan la vida en viajes atroces e infrahumanos con el único objetivo de escapar de la miseria más absoluta o la muerte? Claro está que a los más ricos no les gusta nada que los más pobres les molesten o les estropeen el paisaje, especialmente cuando los cadáveres de estos últimos son arrastrados por las olas a las playas de este nuestro "Primer Mundo". Por eso se invierten cada vez más recursos en medidas draconianas para blindar las fronteras. Altos muros y feroces alambradas, guarecidos ambos por feroces agentes fronterizos; más y más patrullas por tierra, mar y aire, apoyadas por las más modernas tecnologías de detección y seguimiento; puertos, aeropuertos y estaciones de tren convertidos en auténticos fortines, donde nadie se libra de pasar por los crecientes (y a veces humillantes) controles. Lo único que importa es que los desheredados no pongan un pie en nuestro suelo, que no traspasen nuestras fronteras bajo ningún concepto, ¿quién quiere combatir las causas reales de su miseria y desesperación, la razón última por la cual deciden venir para aquí en tan precarias condiciones? Por cierto, mientras nuestros prostituidos medios de comunicación se hacían eco de los esfuerzos de los dirigentes de la Unión Europea por elaborar un plan para blindar más si cabe ese inmenso cementerio en el que se ha convertido el Mediterráneo (intervención en Libia incluida para "combatir" a las mafias de la inmigración), no resonaba tanto la noticia de la toma de Sirte, una de las ciudades libias más grandes y principal puerto petrolero del país, por parte de un brazo del Estado Islámico allí presente (ver The Daily Star) ¿Cómo se permiten este tipo de cosas a las puertas de Europa? Se intervino para que un grupo de fanáticos y mercenarios derrocara el régimen de Gadafi, pero no se hace nada para frenar amenazas mucho peores. El asunto olía muy mal ya desde el principio.

        Y es que para entender la situación actual es importante comprender la forma pensar de la élite, u oligarquía, global, esos a los que la eminente periodista canadiense Naomi Klein denomina los fundamentalistas del libre mercado. Ellos y su dogmática obsesión por "liberar las fuerzas de los mercados de toda atadura o control estatal" han sido los que han abierto esta caja de Pandora de desigualdad social cada vez más exacerbada, austericidio totalitario, guerra económica y tensiones crecientes entre las grandes potencias, apropiaciones masivas de tierras y recursos naturales (que pasan de ser propiedad colectiva a posesión particular de unos pocos), conflictos que barren países enteros y los sumen en el caos y, por supuesto, devastación medioambiental a una escala sin precedentes. Todo en aras de ese culto pseudoreligioso que es el neoliberalismo, que no es otra cosa que una forma de enmascarar unas ansias de acaparar riqueza desmedidas y totalmente fuera de control. Todo vale para la consecución de este objetivo, incluso apoyar de forma encubierta a esos otros extremistas, los islámicos, que ya se encargan de hacer el trabajo sucio en determinadas partes del mundo. La mayor parte de las veces por aquí no nos enteramos de esa otra realidad distópica, la de las extrañas conexiones entre el Occidente "civilizado" y entidades como el Estado Islámico o Al Qaeda (al respecto ver la siguiente noticia aparecida en diario octubre). De entrada se supone que los combatimos, pero yo no lo tengo tan claro.
Si eso ya puede sorprender, ¿qué tal el uso de armas de destrucción masiva contra población civil? Eso es algo que la llamada Comunidad Internacional jamás permitiría, ¿verdad? Salvo excepciones tampoco parece que los medios de por aquí se hayan tomado mucho interés por lo que está sucediendo en Yemen, especialmente por lo que ocurrió en las proximidades de la capital, Saná, el pasado 20 de mayo. Como una imagen vale más que mil palabras aquí se puede ver un conjunto de vídeos de toda la secuencia de la explosión captada desde distintos ángulos por múltiples personas.
                              


         No está clara la naturaleza del armamento empleado, ciertas informaciones apuntan al uso de algún tipo artefacto nuclear de tipo táctico, obviamente menos potente que armas estratégicas de hasta varios megatones de potencia capaces de destruir ciudades enteras, tal vez una bomba de neutrones. Dado que Israel es el único país de la región que podría disponer de esa clase de armamento, esto demostraría la implicación del Estado hebreo en la campaña saudí contra los rebeldes houthis en Yemen (¡y de qué manera!, sólo hay que ver la magnitud de la explosión). Poco importa que en realidad no se trate de un arma atómica, que el artefacto arrojado sobre la capital yemení sea un tipo de bomba termobárica, pues tratamos igualmente con un método de agresión absolutamente indiscriminado. Aquí no estamos hablando de la imaginación calenturienta de algún guionista de Hollywood, ideando la trama no pocas veces vista de una posible conflagración nuclear, estamos hablando de algo que ha sucedido hace solamente cuatro días como aquel que dice y ni nos hemos enterado. La diferencia fundamental estriba en el escenario ¿Nueva York, Washington, Londres, París? No, ningún sitio de esos, sino Saná, capital de un país que, como tantos otros, está siendo arrasado pero que importa muy poco. Mejor sumergirse en distopías imaginarias, que son infinitamente más inofensivas.

         En todo caso no debemos preocuparnos, pues la distopía real, aquella que no queremos reconocer, avanza hacia nosotros. Avanza en la forma de policías antidisturbios armados hasta los dientes que derriban la puerta de una casa a mazazos, para después proceder a echar por la fuerza a la familia que allí vive por orden de un banco. Avanza en la forma de leyes que criminalizan, aunque sea de forma encubierta, la resistencia pasiva o el derecho a la huelga. Avanza en la forma del desmantelamiento de los servicios públicos y la precarización del mercado laboral, así como también en la extensión de la pobreza y la exclusión social. En los últimos años España ha dado pasos importantes para convertirse en un Estado distópico. Según la ONU en 2008 figurábamos en el puesto número 13 en relación al Índice de Desarrollo Humano (IDH), pero en 2014 habíamos descendido al puesto 27. El Foro Económico Mundial, que no es precisamente ninguna ONG, también ha elaborado su propio ranking de países en función de su desarrollo económico y solvencia (ver Ranking del Índice de Capital Humano por países - World Economic Forum -), y en él salimos incluso peor parados. Sin ir más lejos España figura en el puesto número 41 de ese listado, justo por encima de países como Armenia y Bulgaria, pero por debajo de Grecia. Por mucho que queramos presumir de la "marca España", o de que nuestros cocineros son la hostia, ése es nuestro lugar en el mundo. Sea como fuere todavía podemos eludir ese escenario distópico que nos aproxima a las fábulas de la ciencia ficción, los resultados de las últimas elecciones autonómicas y municipales bien pueden ser una buena noticia en ese sentido, pero no cabe la menor duda que, a cada día que pasa, se nos va agotando el tiempo de reacción.


Juan Nadie                     

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