El culto a la Oscuridad

En no pocos aspectos el culto católico parece un culto a la oscuridad. Esto es especialmente cierto durante las celebraciones de la llamada Semana Santa en España, una tradición con numerosos elementos anacrónicos presentes todavía hoy día.


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Penitentes flagelándose mientras procesionan
durante la Semana Santa de San Vicente de la
Sonsierra (La Rioja). 
          Imaginemos un país donde los templos de culto estuvieran plagados de imágenes sórdidas y oscuras, que a menudo representan escenas truculentas de crueles torturas y ejecuciones atroces que bien podrían poner los pelos de punta a cualquiera que no estuviera acostumbrado a ver cosas así. Imaginemos un país donde, en esos mismos templos, se guardaran reliquias no menos perturbadoras tales como cráneos, brazos momificados y otros restos humanos convertidos asimismo en objetos de veneración por parte de los fieles. Imaginemos un país cuya principal festividad religiosa consistiera en celebrar una y otra vez el martirio y la muerte de un sujeto que vivió hace dos milenios, recreándose hasta la saciedad en la dimensión del dolor y el sufrimiento que rodearon tal suceso, reproduciéndolo en infinidad de imágenes y representaciones, o tratando incluso de emularlo con actos de penitencia cuasi medievales, donde unos sujetos encapuchados purgan sus pecados flagelándose o portando pesadas cargas para castigar sus cuerpos. Imaginemos un país donde la exaltación religiosa llegara hasta tal punto que determinados ritos, como sacar a pasear una efigie o imagen determinada, terminaran convertidos en una histérica vorágine de masas donde cientos, o incluso miles, de enloquecidos tratan de abrirse paso por encima de los demás para alcanzar a tocar dicha imagen, pues se le atribuyen ciertas propiedades que podríamos calificar de mágicas; ni tan siquiera los niños se libran de semejante trance y, para su propia consternación, se ven arrastrados sin ninguna delicadeza por la muchedumbre a los pies de la figura sagrada. Pues bien, a muchos nos costaría imaginar un país así de no ser porque sabemos que ese país con unas costumbres tan delirantes es España.

         En relación al culto católico en general, y las festividades de la Semana Santa en particular, de un tiempo a esta parte se ha venido extendiendo una costumbre que me parece preocupante a la vez que ciertamente intolerable. Es bastante probable que los gobiernos ultraconservadores del Partido Popular y el predominio de la derecha más reaccionaria en todos los estamentos de poder (económico, mediático...), también hayan tenido mucho que ver en ello. Estoy hablando de la casi obligación de todos los ciudadanos, no ya sólo de mostrar el mayor de los respetos hacia cualquier tipo de manifestación religiosa sea de la naturaleza que sea, sino también de seguirla y mostrar una adhesión incondicional hacia ella. Poco importa que no seas una persona religiosa en absoluto, o incluso que manifiestes ser un ateo convencido, has de aprobar cosas como las procesiones de Semana Santa y punto, no hay discusión posible porque de lo contrario eres un inculto y un irrespetuoso que desprecia e insulta la fe de los creyentes, pues se trata de ritos ancestrales repletos de belleza y emotividad que deberían ser considerados Patrimonio de la Humanidad. Criticarlos es algo que está por completo fuera de lugar.

Un niño llora mientras es alzado al paso
para tocar el manto de la Virgen del Rocio,
reza esta foto extraída de una noticia del
diario Huelva información, titulada "Intenso
fervor religioso en la procesión" ¿De
verdad el niño llora a causa de su "intenso
fervor" o lo hace porque está aterrorizado? 
         Es por eso que muchas personas se abstienen de censurar ritos, representaciones y celebraciones completamente anacrónicas y del más rancio conservadurismo, aun cuando muchas veces no resulten acordes con la escala de valores de una sociedad del siglo XXI que se presupone democrática y avanzada; baste mencionar, por ejemplo, la pervivencia de símbolos franquistas en determinadas cofradías que procesionan durante estas fechas (ver La Semana Santa y la imaginería franquista - La Marea -). Son vestigios de esa España Negra del Santo Oficio que expulsaba a judíos y moriscos, que perseguía a intelectuales y personas de ideas liberales, impidiendo el progreso del conocimiento y la ciencia porque suponían una amenaza para poder de la Iglesia Católica y su verdad revelada, la única admisible. Pero no, los intolerantes, los agresores, irrespetuosos y antidemocráticos son aquellos que se atreven a manifestar abiertamente su rechazo hacia todo lo que rodea a este tipo de manifestaciones religiosas, aquellos que anteponen su sentido crítico y su visión racional del mundo a supersticiones y creencias sin fundamento empírico alguno (ver Proselitismo racionalista o cómo llevar un poco de sensatez al siempre disparatado mundo religioso - La ciencia y sus demonios -). A veces se tiene la impresión de que detrás de ciertas actitudes no hay más que simple y llano oportunismo. Si cuando juega la selección española de fútbol es momento de mostrar tu fervor patriótico, durante las procesiones de Semana Santa, la Romería del Rocío a través de las marismas de Doñana y otras celebraciones similares, hay que dar muestras de devoción, real o fingida, para estar a bien con la comunidad y ciertos estamentos del poder. Lo único importante para algunos muchas veces es figurar.

            Pero no realizar crítica alguna a determinadas tradiciones, lo que se esconde tras ellas y quienes las defienden de forma incondicional, por comodidad u oportunismo entraña ciertos peligros. Supone estancarse en el pasado, en actitudes y formas de pensar ya totalmente desfasadas, por mucho que estén sustentadas por ciertas élites que, incluso a día de hoy, conservan importantes cotas de poder e influencia. Sólo así podemos entender, por ejemplo, que pueda aprobarse una reforma educativa (¿o mejor cabría decir contrarreforma?) de marcado corte ultracatólico, capaz de perpetrar atropellos tales como introducir de soslayo la idea del Creacionismo en los programas de Primaria (de la evolución formulada por Darwin ni hablar en esos cursos, por supuesto). Si el agnosticismo, el ateísmo, la libertad de expresión y el pensamiento racional ceden terreno ante fundamentalismo, ya sea religioso u de otro tipo, perderemos mucho de lo conquistado hasta el momento. Y lo que es válido para las tradiciones católicas lo es también, por ejemplo, para los espectáculos taurinos. Planteémonos la siguiente cuestión, ¿qué pensarán de nosotros muchos habitantes del espacio europeo u occidental, lo que podemos considerar nuestro entorno cultural más próximo, cuando vean imágenes de cosas tan españolas como procesiones de penitentes encapirotados mortificándose o de toros agonizantes en la arena, cubiertos de sangre y ensartados por espadas o lanzas? ¿Nos considerarán un país civilizado y moderno?

          Por eso debemos formularnos también la siguiente pregunta ¿Qué país queremos que hereden nuestros hijos? ¿Uno dominado por la figura de una deidad temible y colérica, capaz de las mayores atrocidades imaginables (ver Los asesinatos de Dios - Ateísmo para cristianos -)?, cuando no nos amenaza con los horrores del Infierno o hace hincapié en el sentimiento de culpa, el pecado, la mortificación de la carne, la represión de los sentimientos y deseos más naturales, la fe y obediencia ciegas o la servidumbre. Más bien creo que deberíamos apostar por un país y una sociedad abiertos, tolerantes hacia todas las formas de pensar y de vivir, donde el racionalismo, el espíritu crítico y la libertad de pensamiento primen sobre dogmas y doctrinas de todo tipo. Una sociedad más libre, democrática e igualitaria al fin y al cabo, que enseñe a sus individuos a pensar por sí mismos y no los adoctrine. Eso es lo mismo que dar la espalda al culto a la Oscuridad y volverse hacia la luz. Que cada uno piense acerca de qué modelo de sociedad escogería.


Juan Nadie

      

             

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