Los "pequeños nicolases"

El panorama político español está plagado de oportunistas, trepas y lameculos. En esencia todos buscan lo mismo, acceder a una posición que les permita pegarse la vida padre con el menor esfuerzo posible. El fenómeno de ese personaje conocido como el "pequeño Nicolás" es un caso paradigmático.


           Érase una vez un joven católico nacido en el seno de una familia de buenos españoles, de los que verdaderamente aman a su gloriosa patria. De hecho su abuelo, un militar como Dios manda, era un gran ejemplo para él porque un 23 de febrero de hace algo más de treinta años formó parte de un valiente intento por enderezar un país que parecía dirigirse directo al abismo. La cosa no terminó de salir del todo bien, pero por suerte el rumbo pudo enderezarse después de otras maneras, lo cual ayudaría a aquel chico a ir en pos de su sueño. Tenía aspiraciones, ambiciones, y estaba dispuesto a lo que fuera con tal de lograrlas. No tardó en ingresar en las juventudes aznarianas del Partido Popular y el caso es que le fue bastante bien, tenía don de gentes y entre chavales de sus mismas ideas y con idénticas pretensiones se movía como pez en el agua. Prosperó, hizo buenos amigotes y amigotas (de esas con un buen par de "pechotes"), se las arreglaba para acceder a fiestas y eventos a los que acudían esas personalidades políticas y empresariales que él tanto admiraba y se hacía fotos a su lado para así luego presumir delante de sus colegas. Ansiaba ser como aquellos junto a los que se retrataba. Un "tío importante" de esos que tiene un coche oficial, pagado por todos nosotros, para que le lleve donde quiera, de los que acude a cacerías en grandes fincas privadas para cerrar contratos públicos y otros jugosos negocios, al tiempo que se hace fotos escopeta en mano junto a un montón de bichos muertos, y de los que no tiene el menor reparo en meter mano en las arcas públicas para pagarse las putas o la farlopa, comprarse cochazos y trajes caros, hacerse un palacete y, por supuesto, usar su influencia para enchufar en buenos puestos a familiares y amigos. En su escalda hacia el éxito tocó el cielo, llegando incluso a realizar la debida genuflexión ante Felipito en su acto de coronación como el nuevo puto amo del reino.

           Parecía que nada podría parar a este joven, buen católico y mejor español, pero este cuento de hadas era un cuento bastante corrupto. Casi parecía ser uno más entre la élite y presumía de codearse con sus miembros y de desempeñar cometidos de extrema importancia "para el futuro de ¡España!" (porque hay que decirlo así, entre signos de exclamación). Pero el joven era mucho menos de lo que aparentaba, de hecho era poco más que pura apariencia y al final la cosa se le terminó yendo de las manos. El "pequeño Nicolás", como así ha terminado conociéndolo todo el país, quiso abarcar mucho más de lo que podía, llegó tal vez demasiado lejos en su deseo de ocupar un lugar entre los que cortan el bacalao y finalmente la farsa ha terminado desmoronándose. Quién sabe, tal vez haya llegado a creerse sus propias mentiras. A causa de su atrevimiento pasará por el banquillo de los acusados, lo cual es otro giro más en su aspiración de emular a los personajes que tanto admira. Ya se sabe, en España no eres nadie si no estás imputado por alguna causa de corrupción, malversación, cohecho o alguna de esas cosas. Tampoco eres nadie si no sales en televisión y ahora el mozalbete se prodiga en las pantallas para desvelarnos, o no, su versión de los hechos.

           Como tantas otras cosas tarde o temprano los medios de idiotización de masas encontrarán otra historia con la que distraer a la plebe y el "pequeño Nicolás" dejará de ser noticia. Tal vez desaparezca del mapa o tal vez logre volver a encauzar su carrera de trepa, no lo sabemos, pero de lo que sí estoy seguro es de que, en este país, el chaval no es ni mucho menos una excepción. Todos hemos oído alguna vez un consejo tal que así: "¿Por qué no miras de meterte en política? Con suerte pillas un cargo y a vivir del cuento". La política no está para solucionar los problemas de la gente, tampoco para resolver la situación en la que nos encontramos, está para arreglarle la vida a aquellos que se meten en ella, también a sus familiares y amigos, para que se forren a nuestra costa y se lo monten a lo grande mientras nos mienten con descaro y se ríen en nuestra cara. Ésa es la filosofía que ha imperado en las últimas décadas, ¡qué digo!, la que siempre ha imperado en España (¿o sería mejor decir en la República Bananera de Españistán?). Y, desde luego, ésa es la filosofía que ha terminado atrayendo a multitud de jóvenes a los partidos mayoritarios. No se afiliaban tanto por simpatía ideológica, que también influye, como por oportunismo.

            Y así la fauna política ibérica ya cuenta con una nueva especie, la de los "pequeños nicolases". Chavales asimilados por el régimen vía las juventudes aznarianas antes, ahora quizá rajoyistas, o también vía las juventudes sociatas y que tratan de abrirse camino en tan singular jungla. Pueden tener mayor o menor talento, llegar muy lejos o quedarse en nada, pero los requisitos están bien claros. Tener pocos escrúpulos, chafar a quien haga falta con tal de ascender, mentir y, por supuesto, lamer los culos de los poderosos para estar a bien con ellos y que luego te premien, son principios que figuran en el decálogo de un exitoso ascenso ¿Quién coño necesita estudiar una carrera o matarse a trabajar honradamente si puedes empezar primero, por ejemplo, como conseguidor? Eso de mediar entre grandes empresarios y políticos, entre corruptores y corruptos, en citas privadas para que arreglen sus mamoneos y así terminen chupándose las pollas unos a otros, desde luego no es mala forma de ganarse un buen jornal. Y llegar hasta ahí quizá no sea tan complicado si tu actitud y aspecto son los adecuados. El mundillo facha por el que se mueven los peperos es como una colonia de ratas, si hueles igual que ellos, vistes como ellos, hablas como ellos y manifiestas sus mismas ideas, te aceptan sin demasiados problemas porque eres uno más de su comunidad. De ahí a reunir una colección de fotos con los peces gordos no hay una distancia tan grande. Como reza el eslogan: "del facherío, me fío".

          Puede que los "pequeños nicolases" no sean capaces de hacer gran cosa para solucionar la situación económica, como tampoco creo que sirvan para regenerar nuestra pútrida democracia de medio pelo. Pero una cosa está clara, vienen muy bien a la hora de desviar fondos públicos a sociedades fantasma para lucro de unos cuantos, llevar maletines de dinero negro a Suiza, arreglar chanchullos en cacerías para ricachones y puticlubs de lujo o conseguir que te toque la lotería de Navidad todos los años. Pueden tener pinta de pijos atontados y beatos, pero todos sabemos que ésos son los más viciosos y seguramente también los más espabilados. Los rollos de la cultura del esfuerzo y la meritocracia, eso de aspirar a triunfar en base al trabajo duro de cada día y sacrificarlo todo para conseguir ese sueño, son sólo para lerdos que se tragan esas estúpidas pamplinas. Los "pequeños nicolases" son más bien de la cultura del pelotazo, arrímate a un pez gordo, figura junto a él u otros todo lo que puedas, asegúrate de acudir a toda clase de fiestas y actos donde se prodiguen las élites y, sobre todo, demuestra que eres un buen español. Aunque no nos engañemos, cuando esta clase de gente aseguran ser unos grandes patriotas que aman mucho a su país, lo que realmente quieren decir es que lo único que les importa son ellos mismos y sus privilegios. Así no está yendo.



El último de la clase


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