La Edad de las Barreras

Hubo un tiempo en que no existían las fronteras. El mundo parecía un lugar infinito y vacío y los seres humanos vagaban libres por él asentándose donde querían. Aquella época queda ahora demasiado lejos y en la era en la que es posible dar la vuelta al globo en solo unas horas las barreras se multiplican impidiendo la libre circulación de personas.


         La tecnología de la que disponemos hoy día nos permite realizar toda clase de prodigios. La información circula a una velocidad y escala sin precedentes gracias a las redes de telecomunicaciones, es posible enterarse de lo que sucede en cualquier parte del mundo casi a tiempo real, anticiparse a desastres naturales como huracanes, ventiscas o inundaciones o comunicarse de forma instantánea con personas que están a miles de kilómetros de distancia. Los avances en los transportes también nos han permitido desplazarnos con una facilidad y rapidez pasmosas. Automóviles cada vez más potentes y seguros que circulan por una red de carreteras más vasta y mejor acondicionada que nunca, trenes de alta velocidad, aviones a reacción llenando los cielos, buques mayores y más sofisticados surcando los océanos, etc. Ahora es posible cubrir en pocas horas distancias que antes se recorrían en días, semanas o incluso meses. Nunca el mundo en el que vivimos nos ha parecido tan pequeño, casi como si a cada año que pasara, a cada nuevo avance, se fuera encogiendo más y más. No hay lugar en este planeta a donde un ser humano no pueda llegar, ni tan siquiera las cumbres más elevadas e inaccesibles o los abismos más profundos y oscuros del océano.

         ¿Pero de verdad el mundo es igual de pequeño para todos? ¿De verdad gracias al progreso cualquier persona, venga de donde venga, no tiene impedimento alguno a la hora de llegar a donde desee? Los incalificables sucesos acaecidos esta semana en Ceuta, donde la actuación criminal de un grupo de agentes de la Guardia Civil provocó la muerte de al menos una quincena de personas (porque al fin y al cabo eso es lo que eran, personas, ya que al tildarlas de "ilegales" o etiquetarlas como "subsaharianos" se tiene la impresión de que se les resta humanidad), pone de relieve un drama global que se repite diariamente en muchas otras partes del mundo. Es el drama de aquellos que no tienen más remedio que marcharse de su lugar de nacimiento, huir de la desesperación, para tratar de encontrar una vida mejor en otra parte. Una vez más los motivos no importan, pobreza extrema, un conflicto armado, persecución por motivos políticos, raciales, religiosos o de orientación sexual. El caso es que uno no puede dejar de pensar que muchos de esos infelices prefieren venir hasta aquí para quedar tirados en la calle y sobrevivir de lo que encuentran en los contenedores de basura, que regresar a su tierra de origen. Solo hay que imaginar por lo que deben de haber pasado.

         Y es que en esta era en la que unos cuantos gozan del privilegio de empezar el día desayunando en Nueva York para terminarlo cenando en Tokio, otros muchos, más bien una aplastante mayoría, cada vez lo tienen más difícil para escapar de su desgracia. Puede que el mundo se haya hecho más pequeño, pero en él se levantan más alambradas y muros divisorios que nunca. Las fronteras ya no son algo que solo se puede ver en los mapas, el empeño por levantar barreras físicas y guarecerlas de concertinas de cuchilla, cámaras de vigilancia, sensores térmicos, drones que espían desde lo alto y patrullas de guardias armados, es más fuerte que nunca. Unos dirán que es para protegernos de terroristas y criminales en general, otros que para "regular los flujos migratorios" e impedir una excesiva entrada de inmigrantes ilegales que, después de todo, solo puede terminar generando conflictividad social. El miedo siempre está presente. El miedo a los que son diferentes o piensan diferente, a aquello que no conocemos o no podemos controlar o, simplemente, a una realidad que podemos contemplar impasibles sentados frente al televisor, pero que no deseamos encontrarnos cuando bajemos a la calle. Es la realidad de la degradación humana llevada hasta el extremo, del hambre y la miseria descarnados, nos asquea porque es la viva imagen de cómo no nos gustaría acabar. Convertidos en parias que no tienen cabida en ningún sitio. La Historia de la Humanidad ha sido también la historia de las migraciones, grupos humanos que se desplazaban de unos lugares a otros en busca de nuevas oportunidades, en busca de la promesa de la prosperidad. Ahora se pretende acabar con todo eso de un plumazo, el mundo se ha hecho pequeño y está demasiado lleno aunque, eso sí, el dinero de los poderosos puede circular sin impedimento alguno. Para él las fronteras no existen.

        La era de la comunicación sin límites también es, paradójicamente, la era del aislamiento. Las barreras se alzan no solo para impedir el paso a los desposeídos de la Tierra. Cada vez es más frecuente el fenómeno de las llamadas gated communities (comunidades cerradas), urbanizaciones fortificadas protegidas por vigilantes de seguridad armados hasta los dientes donde reside la gente de clase pudiente. El muro otorga seguridad y tranquilidad a los que están dentro, les aísla de lo que hay más allá para crear un microuniverso perfecto de pulcros espacios públicos, que en realidad no lo son, y opulentas viviendas en donde las personas ajenas a esa comunidad no son bien recibidas. Pero dicha barrera también es un signo de segregación, de estatus, pues separa a los que viven a uno y otro lado de la misma, diferenciándolos como miembros de clases distintas que rara vez se relacionarán de igual a igual. Una vez más la separación física cumple su función segregadora: los que estamos dentro no queremos saber nada de los de fuera, son distintos, seguramente peores que nosotros, ni los conocemos ni queremos conocerlos y no nos fiamos de ellos.

      Pero todavía existen más barreras en este mundo de hoy que contribuyen al aislamiento del individuo, no son físicas en el sentido estricto de la palabra, pues no impiden a nadie ir de un sitio a otro, razón por la cual a menudo no se perciben como tales sino más bien todo lo contrario. Estoy hablando de la deslumbrante tecnología que nos seduce bajo la forma de grandes televisores de plasma, ordenadores (ya sean de sobremesa o portátiles), tablets y, por supuesto, smartphones a cada cual más aparatoso. Cada vez más sofisticados, cada vez con un mayor número de aplicaciones. Disponen de GPS con el que orientarte, cámaras de calidad creciente con las que hacer fotos y vídeos, juegos ilimitados y conexión a Internet de alta velocidad con todos los servicios imaginables. Puedes navegar sin límites, chatear con quien quieras, descargarte música o películas, realizar todo tipo de gestiones telemáticas, hacer tus compras online estés donde estés e incluso ya está disponible la opción de usarlos como tarjeta de crédito o llave digital con la que abrir la puerta de tu casa ¿Quién no querría tener uno de estos fabulosos artilugios? Pero en esa irresistible atracción se esconde un peligro oculto. Me viene a la memoria una escena que contemplé hace no mucho, un día que fui a correr a una zona verde de mi ciudad. Me encontraba descansando después del ejercicio cuando pude ver a lo lejos una pareja de jóvenes, él y ella no tendrían más de veinte años, que venían paseando cogidos de la mano. La pareja no me hubiera llamado la atención de no ser por el hecho de que ambos andaban centrados en trastear con sus smartphones y ni tan siquiera se miraban el uno a la otra o intercambiaban palabra alguna. Así pasaron delante de mí y se alejaron, ensimismados en la pantalla de sus respectivos móviles de última generación y, durante todo el tiempo que pude seguirlos con la mirada, que tal vez fueron cerca de cinco minutos, nada ni nadie distrajo su atención de lo que estaban viendo o haciendo. Ahora pienso que aquellos dos jóvenes bien podrían ser una buena metáfora del mundo de hoy, donde los avances tecnológicos nos conectan con casi cualquier cosa pero, al mismo tiempo, nos aíslan e incomunican de cuantos nos rodean.


                                                                                                                                                  Juan Nadie

                              

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