El insólito encanto de la tiranía

La tiranía debe de tener su encanto. Por sorprendente que pueda parecer líderes autoritarios como Stalin en Rusia o Mao en China, de sobra conocidos por la brutalidad indiscriminada de sus regímenes, son altamente valorados hoy día en sus países respectivos. Aunque no a la misma escala algo parecido podemos decir en España en relación a la figura de Franco ¿Qué diablos pasa?


  

         ¡Con Franco vivíamos mejor! ¿Quién no ha escuchado alguna vez esta dichosa frase? A día de hoy la sombra del dictador sigue siendo muy alargada. Los nostálgicos del anterior régimen todavía abundan entre nosotros y, a juzgar por lo que dicen y hacen, por supuesto también entre los miembros del actual partido en el poder. El "Caudillo" ha sido durante años alcalde honorífico o hijo predilecto en no pocos municipios de nuestra geografía, desde Huelva o Barbate, pasando por Burgos, Ávila o Ciudad Real, hasta A Coruña y Oviedo. Los vestigios franquistas persisten aun a pesar de que la mayoría ya han sido retirados, si bien no el mayor de todos, el monumental complejo del Valle de los Caídos, con su faraónica cruz, visible a kilómetros de distancia, y la ciclópea basílica bajo ella, donde por supuesto aún descansan con todos los honores los restos del dictador para todo aquel que desee ir a presentarle sus respetos. Obviamente la figura de Francisco Franco es objeto de admiración en mayor o menor medida entre los jóvenes que simpatizan con la extrema derecha, entre ellos los cachorros del Partido Popular (1), personas que ni conocieron ni mucho menos padecieron la dictadura.

        Pero, ¿es España un país anormal en ese sentido? ¿Por qué todavía se mantiene viva la "buena imagen", por decirlo de alguna manera, de un personaje que sumió al país en una atroz guerra civil y luego, una vez en el poder, desencadenó durante años una implacable campaña de represión que se saldó con miles de víctimas y exiliados? Por desgracia éste no es el único lugar del mundo que ha sufrido una dictadura, los ejemplos se multiplican en los cinco continentes, a cada cual más brutal. Pongamos por ejemplo los casos de Iósif Stalin en Rusia (en su momento la Unión Soviética) y Mao Zedong en China. Ambos líderes tienen unas cuantas cosas en común, en parte fueron contemporáneos y compartieron una ideología de corte comunista, si bien con particularidades. No obstante se los recuerda mucho más, al menos en Occidente, por lo despiadado y brutal de sus regímenes.

       Entre 1922 y 1929 Stalin se fue haciendo progresivamente con el poder absoluto en la naciente Unión Soviética. Uno a uno apartó a sus rivales ordenando ejecutar o asesinar a muchos de ellos (el caso de León Trotski es el más conocido) para, acto seguido, desencadenar el "Gran Terror" durante la década de los años treinta del pasado siglo. Todo aquel sobre el que recayera la más mínima sospecha, por infundada que fuera, de estar involucrado en actividades contrarrevolucionarias, acababa encarcelado, torturado, fusilado o deportado a un campo de trabajos forzados (el tristemente célebre sistema de los kuláks). La persecución se aplicó a una escala masiva e indiscriminada, generando una atmósfera permanente de temor y desconfianza, y prolongándose durante los años de la Segunda Guerra Mundial (con deportaciones de grupos étnicos al completo) e incluso después. El balance final del estalinismo arroja entre 10 y 20 millones de víctimas (es difícil establecer cifras), no solo de la violencia directa y las deportaciones, sino también de la miseria y el hambre que provocaron las reformas emprendidas por el tirano. Tanto es así que, a su muerte, la asamblea de soviets no tardó en condenar su reinado de terror.

       Mao Zedong, antes conocido por los occidentales como Mao Tse-tung, también fue un líder de excesos. Encabezó la revolución que convirtió la nación más poblada del planeta en un país comunista y, al igual que Stalin, alcanzó el poder absoluto. Desde el principio tuvo muy claro lo que quería hacer, su programa de reformas era ambicioso y no se detendría ante nada ni nadie para culminarlo. Con el Gran Salto Adelante, entre 1958 y 1961, quiso modernizar a una China que se encontraba terriblemente atrasada y en ruinas tras la invasión japonesa y décadas de luchas fratricidas. El objetivo era transformar el país en una potencia mundial a tener en cuenta, pero el intento terminó en catástrofe y con alrededor de cuatro millones de víctimas del hambre y la violencia. Unos años después, en 1966, Mao volvió a la carga con la Revolución Cultural, cuyo objetivo era revitalizar el espíritu revolucionario del pueblo chino. Millones de jóvenes fueron enviados al campo para ser convertidos en campesinos, el alma de la victoria de la Revolución en tiempos de la guerra civil, y en este proceso se desató nuevamente el caos. La violencia y la represión a gran escala barrieron el país dejando un rastro de muerte y un recuerdo traumático entre los supervivientes pero, una vez todo hubo acabado, víctimas y verdugos regresaron a sus vidas como si nada hubiera sucedido. El olvido y el silencio, hijos del miedo, se impusieron en todas partes y todavía hoy perviven.

       A la luz de estas evidencias resultaría lógico pensar que no se guardara un buen recuerdo de Stalin y Mao en sus países respectivos. De la misma manera que Hitler se ha convertido en una figura maldita para la mayoría de los alemanes, bien podría decirse que tanto rusos como chinos sienten lo mismo en relación a estos tiranos. Sin embargo sorprende descubrir que nada más lejos de la realidad. Según una encuesta reciente, Stalin es el segundo líder del siglo XX mejor valorado entre una parte importante de la población rusa (2), mientras que Mijaíl Gorvachov, el arquitecto de la apertura del régimen que todavía es recordado con simpatía en Occidente, figura entre los dirigentes más vilipendiados junto a Borís Yeltsin, responsable del derrumbe controlado de la Unión Soviética a principios de la década de los noventa. Lo mismo pero a una escala más intensa puede decirse de Mao en China, donde su figura no solo es recordada con un profundo respeto, sino que también es objeto de veneración (3). Esto último puede comprobarse visitando la localidad de Shaoshan, lugar de nacimiento del dirigente, convertida ahora en una especie de centro turístico al que anualmente acuden millones de chinos.

       ¿Cómo es esto posible? Si estos personajes provocaron tanto dolor y sufrimiento a sus respectivos pueblos, ¿a qué diablos viene esa simpatía? En el caso ruso bien puede hablarse de lo que podríamos definir como "nostalgia por el imperio perdido". Stalin surgió de las cenizas y el caos de la revolución bolchevique y la posterior guerra civil como el caudillo de hierro que tomó las riendas de una nación deshecha y la convirtió en una superpotecia nuclear. Tras el triunfo en la Segunda Guerra Mundial, que en Rusia es conocida como la Gran Guerra Patriótica, el imperio totalitario de Stalin se extendió más allá de las fronteras de la Unión Soviética llegando hasta el mismísimo corazón de Europa con la toma de Berlín en mayo de 1945. Más tarde llegarían otros triunfos, como el que los rusos se apuntaron al adelantarse a Estados Unidos en la carrera espacial, pues fueron los primeros en colocar un satélite en órbita (el Sputnik 1) y en llevar a un ser humano al espacio exterior (Yuri Gagarin). El mundo entero, norteamericanos incluidos, temblaba ante el poderío soviético y pese a todo la opinión generalizada hoy día es que Stalin fue en buena medida responsable de este éxito. No olvidemos que antes de la caída de los zares Rusia era una de las naciones más atrasadas de Europa.

        Por su parte y aun a pesar del temor evidente a manifestar libremente una opinión, para la mayoría de los chinos Mao Zedong sigue siendo "el padre de la nación". Como en el caso de Stalin fue el líder que sacó al país del estado de postración y miseria en el que se encontraba y lo condujo por la senda que lo ha llevado a ser la gran potencia mundial que es en la actualidad, con capacidad incluso para desafiar a los mismísimos Estados Unidos. La mayoría de sus experimentos económicos y sociales fueron un rotundo fracaso, no obstante prevalece la imagen del hombre fuerte dotado de una determinación inquebrantable que supo perseverar aun a pesar de las inmensas dificultades. Los frutos de su herencia se cosechan hoy día, hubo represión y matanzas, sí, pero ahora China es un país estable y el fantasma del caos, que también causó millones de víctimas en épocas pasadas, parece desterrado (al respecto recomiendo la serie documental de tres episodios "China. Éxito y caos", presentada por el historiador y escritor británico Niall Ferguson).

        Pero hay una razón más que explica este fenómeno y que también se puede aplicar al caso español con respecto a la figura de Franco. Para contrastar pensemos en Alemania, donde a día de hoy sería impensable que quedara en pie algún símbolo del régimen nazi para que nadie pudiera rendirle homenaje ¿Qué diferencia en ese sentido a Alemania de Rusia, China o incluso España? Pues algo muy simple, el nazismo fue por completo derrotado en el transcurso de una guerra total y la gran mayoría de sus líderes, o bien terminaron suicidándose a escondidas como en el caso del propio Hitler, o bien fueron puestos a disposición de la justicia para terminar sus días en el patíbulo o entre rejas. Aquellos que lograron escapar habrían de vivir el resto de sus vidas como proscritos y bajo el permanente temor a ser capturados.

        Por mucho que la Unión Soviética cayera éste no ha sido el caso de Rusia, donde su actual líder y hombre fuerte indiscutible, Vladimir Putin, empezó su carrera en el KGB (los temidos servicios secretos de la época comunista), para más tarde ponerse el mando de la "reformada" inteligencia rusa. Puede que ya no haya banderas rojas ondeando sobre el Kremlin, ni monumentales estatuas de Marx o Lenin presidiendo las plazas, pero los restos embalsamados de éste último todavía se pueden visitar en la Plaza Roja y eso no es lo único que no ha cambiado en la Rusia de hoy. La herencia soviética sigue viva en la figura de Putin y todos aquellos que siguen controlando el país con mano de hierro, mostrándose inflexibles ante cualquier tipo de disidencia u oposición y, por supuesto, aplicando un estricto control sobre los medios de comunicación. En China mucho más de lo mismo, donde el Partido Comunista sigue ostentando el poder absoluto. Bien es cierto que a partir de los años ochenta el país dio un giro radical en su economía y se orientó hacia el libre mercado, lo cual parece haber impulsado su espectacular desarrollo, pero nada más ha cambiado en la mentalidad de sus dirigentes. Son los herederos del régimen creado por Mao y su figura casi se puede considerar sagrada, intocable. De criticarla solo puedes hacerlo en privado y con moderación.

        ¿Y España, qué podemos decir de lo que aquí ha sucedido? Mucho se nos ha insistido en que debemos sentirnos orgullosos de nuestra "modélica" transición hacia la democracia, pero al igual que los casos ruso y chino el franquismo tampoco fue derrotado. Solo hubo un cambio de modelo para adaptarlo a las nuevas circunstancias y en él las élites del régimen preservaron buena parte de su poder e influencia. Tan solo hay que analizar el comportamiento del actual gobierno, la naturaleza de las leyes que aprueba, su forma de tratar las protestas en la calle o de rendir cuentas ante la ciudadanía (aunque más bien se diría de no rendirlas), para descubrir que no estamos tan lejos de la dictadura como desearíamos.


                                                                                                                                    Kwisatz Haderach  
                        
(1) Nuevas generaciones... ¿de fachas? (infolibre).
(2) Stalin, el segundo líder mejor valorado para la mayoría de los rusos (ABC).
(3) La figura de Mao prevalece mientras el comunismo chino cambia de líder (CNN España).
  

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