El juego de la muerte

     
        En 1961 el reputado psicólogo social Stanley Milgram realizó un experimento, conocido precisamente como Experimento Milgram, en el que pretendía analizar hasta dónde llegaba el grado de obediencia de un individuo ante las órdenes dictadas por una figura que representa a la autoridad. Su objetivo era tratar de encontrar una explicación al horror del Holocausto, por qué miles y miles de personas fueron capaces de participar en la maquinaria de exterminio más demencial de la Historia. El experimento se realizó en un entorno controlado con sujetos de prueba que imaginaban que todo era real, ya que debían realizar una serie de preguntas a otro sujeto y, si este último erraba en la contestación, castigarle con una descarga eléctrica. Conforme se avanzaba en la ronda de preguntas la intensidad de las descargas iba en aumento hasta alcanzar niveles casi letales, no obstante la impasible figura de autoridad, en este caso el investigador, ordenaba al participante que continuara adelante pues todo estaba controlado. En realidad todo era una farsa y el sujeto sometido a tortura un actor que fingía gritar y retorcerse de dolor cuando se le aplicaban las falsas descargas eléctricas, si bien esto último no lo sabían los verdaderos sujetos sometidos a experimentación.

         En 2010 la televisión francesa decidió desarrollar una versión del experimento bajo un nuevo planteamiento ¿Hasta dónde alcanza el poder de la televisión? ¿Llegará el día en que la muerte en directo se convierta en espectáculo? ¿Personas aparentemente corrientes, concursantes que deciden acudir a televisión para participar en un programa y ganar algo de dinero, serían capaces de participar en un juego letal? Cambia el escenario. Un plató de televisión en el que no se ha reparado en gastos, con su iluminación, sonido y decorados. Una glamurosa presentadora ejerciendo en este caso el papel de figura de autoridad. Y, por supuesto, un público enfervorizado que no parará de animar a los concursantes para que continúen con la macabra prueba. Todo al servicio del show. No obstante las premisas del experimento no varían, los sujetos de prueba creen que todo es real y deberán decidir si siguen adelante, si continúan electrocutando al actor que finge estremecerse más y más a cada nueva falsa descarga. Un documental no exento de polémica que nos vuelve a mostrar los mismos "peligros de la obediencia" de los que Milgram ya nos advirtió. Unos peligros esta vez al servicio de la industria televisiva, donde abundan cada vez más los espacios donde se muestran escenas de violencia explícita, programas en los que se humilla y degrada a la gente o donde se sacan a relucir las miserias humanas con tal de conseguir una mejor cuota de audiencia. No apto para personas fácilmente impresionables.  





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