El mayor de todos los males

De los muchos males que aquejan al planeta Tierra, hay uno que sobresale por encima de los demás al estar en el origen de todos los trastornos. Éste no es otro que la especie humana, elimina dicho factor del entorno y la situación revierte a un estado de equilibrio natural de forma asombrosamente rápida.  


       Todo el mundo conoce lo que sucedió la madrugada del 26 de abril de 1986 en la central nuclear de Chernóbil (Ucrania). Considerado como una de las mayores catástrofes de la Historia, el accidente que comenzó con una potente explosión en el reactor número 4, liberó una cantidad de materiales radiactivos a la atmósfera cientos de veces superior a la generada por la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima. La población vecina de Prípiat, una ciudad modelo soviética con más de 40.000 habitantes, tuvo que ser evacuada de manera precipitada y se creó una zona de exclusión en un radio de 36 kilómetros en torno a la devastada central, una área muerta donde ningún ser humano podría vivir en muchos años a causa de los altos niveles de contaminación. La nube radiactiva ascendió a las alturas y se dispersó por buena parte de Europa (curiosamente la Península Ibérica se salvó de su influencia), por lo que los efectos del accidente de Chernóbil se dejaron sentir a miles de kilómetros de distancia del lugar de los hechos. A día de hoy no está del todo claro cuántas víctimas directas e indirectas ha provocado la catástrofe, muchas personas quedaron expuestas a niveles intolerables de radiación durante los días, semanas y meses que sucedieron a la fatídica explosión. Operarios de la propia central, bomberos, militares y personal de emergencias, los miles de "liquidadores" que acudieron después para operaciones de limpieza y contención de escapes radiactivos, otros tantos obreros encargados de construir a contrarreloj el sarcófago de hormigón en el que quedó confinado el corazón ardiente de la bestia y centenares de miles de personas, muchas de ellas campesinos, que vivían en las regiones circundantes de Bielorrusia y Ucrania. Nada volvería a ser igual a partir de entonces, la pesadilla del infierno nuclear se hizo realidad, una tierra asolada por un mal invisible que exterminaba toda vida dejando únicamente un desierto tras de sí. Un futuro apocalíptico al más puro estilo de clásicos del cine de la época como Mad Max.

         Han pasado más de 27 años desde aquella trágica noche en Chernóbil y la amplia zona de exclusión en torno a la central nuclear sigue siendo una región casi enteramente despoblada a la que solo acuden científicos y equipos de rodaje, normalmente para realizar investigaciones los unos y reportajes en relación al accidente y sus consecuencias los otros. Pero, ¿es la llanura del río Prípiat el páramo radiactivo, inhabitable y carente de vida que cabría encontrarse después de un accidente nuclear tan grave como el de 1986? Muchos de los periodistas que acuden a las proximidades de la central se sorprenden al observar a los bagres (una especie de pez gato) que nadan en el abandonado estanque de refrigeración. Son unos peces realmente enormes, de más de dos metros de largo, por lo que es tentador pensar que su tamaño monstruoso se debe a que son mutantes radiactivos. La realidad dista de esta explicación de ciencia ficción, los bagres han alcanzado esas dimensiones por la sencilla razón de que ningún pescador ha ido a molestarlos en más de 25 años, por lo que han podido crecer tranquilamente durante todo este tiempo ¿Quién querría pescar a la sombra del sarcófago de Chernóbil?

        Y es que una de las cosas que más llama la atención a todo visitante autorizado a entrar en la zona de exclusión es la exuberancia de los paisajes con los que se encuentra, nada que ver en principio con un cementerio nuclear. Durante los días posteriores al accidente los bosques que rodeaban la central enrojecieron al morir la mayoría de árboles, muchos animales salvajes de la zona también perecieron a causa de los altísimos niveles de radiación, los peores pronósticos parecían cumplirse. Desintegrándose lentamente, los isótopos como el cesio-137 y el estroncio-90 permanecen en el entorno, se filtran a los acuíferos, al suelo y más tarde a los seres vivos; allí permanecerán durante milenios. Sin embargo, años después del accidente, la presencia de estos contaminantes no parece afectar en exceso a la flora y la fauna de la región, que prosperan de una forma que ha sorprendido a los investigadores. Tal y como se puede descubrir en el interesante documental Los lobos radiactivos de Chernóbil, la Naturaleza ha tomado posesión de la zona de exclusión. Donde antes había amplias extensiones de cultivos, aldeas y ciudades, carreteras, líneas de ferrocarril y ríos sometidos por presas, ahora se desarrollan los bosques, los prados naturales y los humedales y los animales llevan un modo de vida desaparecido del resto de Europa hace más de un siglo. La contaminación radiactiva afecta a las poblaciones salvajes, las tasas de enfermedad y malformaciones son más elevadas de lo habitual, afectando más a unas especies que a otras, por ejemplo los roedores lo sobrellevan mucho mejor que las aves pequeñas. Sin embargo, lo que para una población humana sería por completo inaceptable, para las de otros muchos tipos de animales resulta tolerable porque un número suficiente de individuos sanos sobrevive para pasar sus genes a la siguiente generación y así asegurar la supervivencia. Tanto es así que la zona de exclusión se ha convertido en un santuario para la vida salvaje. En ella campan a sus anchas criaturas que han desaparecido de las regiones circundantes y de la mayor parte del continente, tales como lobos, osos, alces, linces, águilas, nutrias o castores. Hasta ciertos animales que asociaríamos más bien con la prehistoria, como el bisonte europeo y el caballo salvaje, han sido reintroducidos con éxito en la zona, reconvertida ahora en reserva natural. Tal es el despliegue de fauna que hasta las aves se atreven a anidar sobre el sarcófago de la central nuclear.

        ¿Cómo es posible que la vida florezca en un lugar en apariencia tan peligroso? La respuesta es muy sencilla, porque hemos eliminado el único factor que verdaderamente impedía su desarrollo, el ser humano. Lobos, osos, ciervos y jabalís pueden estar tranquilos, raro será que se vayan a encontrar con un cazador que les amenace con un arma, no habrá persecuciones ni mucho menos campañas de "eliminación de alimañas". Nadie talará los bosques para convertirlos en campos de cultivo o trazará nuevas carreteras o líneas férreas que se convertirán en obstáculos difíciles de atravesar, nadie construirá más presas que desvíen el curso natural de los ríos o los someterá a una pesca excesiva, nadie volverá a cambiar nada de nada, al menos por una buena temporada. El mundo de Chernóbil es un mundo post apocalíptico, como una imagen de cómo sería el planeta si nos quitáramos de en medio. Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo, aún a pesar de la amenaza de la contaminación, la Naturaleza ha sabido reponerse de los impactos provocados por el ser humano en el entorno. Poco más de dos décadas han bastado para convertir la zona de exclusión en un paraíso donde infinidad de criaturas pueden refugiarse seguras de la protección que les brinda su siniestro ángel de la guarda radiactivo.

       El ejemplo de Chernóbil ilustra muy bien la verdadera naturaleza del problema al que nos enfrentamos en la actualidad, nosotros mismos. Mucho peor que los residuos radiactivos, la lluvia ácida, el efecto invernadero o las mareas negras, es la gente de por sí. Allí donde nos instalamos otros seres vivientes terminan desplazados, sus hábitats destruidos para que podamos formar el nuestro, pocas personas, especialmente si han sido educadas en la sociedad actual tan desconectada del mundo natural, toleran la presencia de animales salvajes cerca de sus casas, mucho menos si son potencialmente peligrosos o representan una constante molestia. De esta manera, mientras aumentamos en número y demandamos más y más recursos en un planeta finito, todo lo demás desaparece. A lo largo del último siglo hemos experimentado un crecimiento exponencial, muy similar al de una colonia de bacterias en un medio de cultivo. Tal y como se puede observar en los gráficos que acompañan al presente párrafo, mientras las bacterias encuentran nutrientes (recursos) en el medio limitado en el que viven su número aumenta, primero de forma logarítmica o progresiva, después exponencialmente; las dos primeras fases se cumplen casi exactamente viendo la progresión de la población humana en el mundo. En el caso de la colonia bacteriana se alcanza un máximo cuando la escasez de nutrientes impide más crecimiento, sobreviene entonces la fase estacionaria y, una vez dicha escasez se agudiza combinándose con los efectos nocivos de la gran cantidad de residuos generados por los microorganismos (así como por el número creciente de células muertas que se descomponen) y que contaminan el medio de cultivo, se alcanza la llamada fase de muerte, en la que la población de bacterias comienza a descender irremediablemente.

       ¿No nos estaremos comportando como una colonia de bacterias en el medio de cultivo del planeta Tierra? El consumo imparable de recursos no renovables ha sustentado nuestro crecimiento exponencial, pero si se alcanza el máximo y los recursos se agotan, uniéndose esto al deterioro medioambiental a escala global, llegaremos a una fase estacionaria que, si no se le pone remedio, puede desembocar en una de muerte en la que la población humana comience a colapsar. No es más que una mera cuestión matemática, si no hay de donde extraer alimentos o recursos, porque estos últimos han sido esquilmados, no se puede seguir creciendo. Pensamos que no podemos vivir más alejados de los procesos naturales que rigen el planeta, pero en realidad no podemos ser más dependientes de ellos. De seguir así nuestro futuro no será especialmente prometedor pero, como en la zona de exclusión en torno a Chernóbil, otros seres vivos pueden beneficiarse de nuestro colapso. Solo hace falta algo de tiempo y eliminar a la gente y la Naturaleza reinicia sus procesos como viene haciéndolo desde hace millones de años.


                                                                                                           Artículo escrito por: El Segador



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