Drogas. Una guerra perdida

La estrategia imperante de guerra contra las drogas ha resultado ser un verdadero fracaso. Décadas de prohibición no han logrado reducir el consumo, mucho menos detener la escalada internacional de tráfico de estupefacientes ni la violencia que ha generado en algunas partes del planeta. 


       El pasado primero de agosto informativos y diarios se hicieron eco de una de las noticias que más me ha llamado la atención en los últimos meses, la legalización por parte del gobierno de Uruguay del consumo y distribución de marihuana (1), lo que convierte a este país en el segundo del mundo detrás de Holanda en tomar esta clase de decisión. No por discutible este hecho deja de ser menos relevante ya que, en palabras de Jorge Orrico, correligionario del presidente uruguayo José Mújica: "la guerra contra las drogas no ha tenido resultado alguno y el consumo ha aumentado en todas las partes del mundo". Estamos pues ante un cambio de estrategia que ya ha sido señalado en otras ocasiones por no pocos expertos en la materia, los métodos actuales para combatir el narcotráfico y el consumo de estupefacientes no están dando ningún resultado relevante. La doctrina prohibicionista y de persecución imperante, impulsada muy especialmente desde Estados Unidos a partir de la legislatura de Richard Nixon en el marco de una "guerra internacional contra las drogas", ha sido un absoluto fracaso si nos atenemos a sus objetivos oficiales, que eran acabar con este tipo de tráfico y con las organizaciones criminales que lo hacían posible. Queda esperar a ver qué acogida y resultados tiene la iniciativa uruguaya aunque, si lo hecho hasta el momento parece no haber funcionado, no se pierde nada probando otra cosa distinta.

       Y es que si nos atenemos a las conclusiones del Informe Mundial sobre las drogas de 2012 de la UNDOC (2), la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, las perspectivas no son nada halagüeñas. Según este informe, si bien el consumo de las llamadas "drogas tradicionales" (cannabis, cocaína, opiáceos) se ha estabilizado, el de las nuevas sustancias psicoactivas (NSP según la nomenclatura de este organismo) ha aumentado en un 50% en todo el mundo. Esta nueva clase de drogas de síntesis son potencialmente más peligrosas que las tradicionales en lo que a toxicidad y efectos adversos se refiere y su número y variedad no hace si no aumentar, en 2005 había un total de 166 de estas sustancias identificadas, en la actualidad ya son 251. Las NSP se venden en la calle o pueden adquirirse en Internet, a veces incluso aprovechando zonas grises en la legislación, bajo nombres que pueden resultar atractivos o incluso inducir a error, tales como "especia", "miau-miau", "éxtasis líquido" o "sales de baño"; esta última sustancia es un alucinógeno especialmente potente, provocando incluso alteraciones extremadamente violentas en el comportamiento que, tal y como señalan ciertos medios de forma un tanto sensacionalista, en ocasiones llegan a actos de canibalismo (3). Noticias alarmistas aparte, lo cierto es que resulta prácticamente imposible controlar la proliferación de toda clase de sustancias nuevas y, bajo el amparo de Internet, éstas pueden comercializarse a escala global con gran rapidez antes de que los organismos internacionales puedan advertir acerca de su peligrosidad.

       No obstante si nos ceñimos a los datos que arroja el tráfico de las drogas tradicionales los resultados no son mucho mejores. En su artículo titulado El fracaso de la guerra contra las drogas, Juan Carlos Hidalgo señala que el enorme beneficio que enriquece a los cárteles del narcotráfico se debe sobre todo al margen que obtienen gracias a la prohibición. En el caso concreto de la cocaína el precio en las zonas de consumo (como por ejemplo Estados Unidos, con diferencia el mayor consumidor del planeta) llega a ser cien veces superior al existente en las zonas de producción (Colombia, Perú, Bolivia). Las organizaciones que controlan el tráfico de cocaína encarecen el producto a medida que se aproxima a sus lugares de destino porque el precio se determina por el coste que tiene su ilegalidad, pues el de producción es realmente irrisorio. De esta manera seguirán ganando cantidades enormes de dinero aun cuando pierdan hasta el 90% del producto a causa de las incautaciones, sencillamente es una circunstancia que siempre contemplan y va implícitamente incluida en la ecuación de su negocio. Un negocio que sigue siendo uno de los más lucrativos del mundo, moviendo anualmente la friolera de 320.000 millones de dólares. Solo el tráfico de armas, el expolio de recursos naturales protegidos o la piratería en Internet se pueden comparar a este nivel con la "industria" de la droga.

      A pesar de ello la guerra continúa y la administración Obama, que a fin de cuentas es quién lleva la voz cantante en esta y cualquier otra cuestión a nivel internacional, no ha variado ni un ápice la política de sus predecesores. Estados Unidos derrocha anualmente unos 40.000 millones de dólares en su lucha contra la droga, tal y como vuelve a señalar Juan Carlos Hidalgo, sin que con ello se consiga detener el tráfico y mucho menos reducir el consumo. Eso sí, en la militarización progresiva de esta lucha los abusos policiales han ido en aumento, se producen 1,5 millones de arrestos anuales relacionados con narcóticos y esto, en última instancia, ha contribuido a que aquel país sea el que en proporción tenga la mayor población reclusa del planeta por encima incluso de regímenes totalitarios como el de China. Ni qué decir tiene que quienes atestan las cárceles estadounidenses no son precisamente los jefes de los cárteles de la droga o su gente de confianza. Siempre pagan los que más bajo están en el escalafón y no es ningún tópico decir que es mucho más fácil que te arresten por posesión de cocaína u otra sustancia ilegal si eres negro que si eres blanco (y no precisamente porque el consumo entre la población negra sea muy superior).

    Sin embargo hay escenarios donde la expresión "Guerra contra la Droga" alcanza toda su crudeza. Es entonces cuando casi todas las miradas se vuelven hacia México, un país que como ningún otro ha sufrido la violencia relacionada con el narcotráfico. Desde que en 2006 el entonces presidente Felipe Calderón le declarara la guerra a los cárteles más 47.000 personas han resultado asesinadas (4), y eso que estamos hablando de cifras del 2012. Un precio a pagar demasiado alto y que no ha conseguido mermar la influencia de estas organizaciones. Si tenemos en cuenta que gastan 1.200 millones de dólares al año para comprar a alrededor de 165.000 policías corruptos, entenderemos en seguida el por qué.

    Pero aún se puede realizar un análisis más profundo en torno a lo que rodea a esta lucha. Es entonces cuando se desvelan intereses ocultos que benefician a determinados sectores que se lucran de forma indirecta del narcotráfico y todos los problemas que genera. Hablamos del floreciente sector privado de la Seguridad íntimamente relacionado con la industria armamentística estadounidense, tal y como denuncia el Doctor en Educación Miguel A. Barrios en su artículo El otro rostro de la guerra contra la droga en México. No es ningún secreto que, mientras las drogas cruzan incesantemente la frontera que separa México de Estados Unidos, las armas circulan también en gran número en sentido opuesto, pero eso es solo el principio de la historia. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 las empresas de seguridad privada han experimentado un espectacular boom y la guerra contra los cárteles en México no se ha librado de este fenómeno. Las compañías más importantes del sector, como Blackwater (ahora Academi), Triple Canopy o la Vinnell Corporation, son todas estadounidenses y han encontrado en América Latina un mercado más que prometedor por el que expandirse. De hecho México es el segundo país de la zona después de Colombia donde más contratos han firmado estas empresas, generalmente por servicios como mantenimiento de aviones de vigilancia, labores de logística, inteligencia y tecnología de la información entre otros. El personal empleado suele responder casi siempre al mismo perfil, ex agentes de la CIA u oficiales retirados del ejército o la DEA (la agencia antidroga de Estados Unidos), por lo que no resultaría extraño que la relación con los antiguos mandos, y por extensión con la cúpula político-militar asentada en la Casa Blanca y el Pentágono, siguiera siendo estrecha. Dado que la industria de la Seguridad privada se ha convertido en un negocio puntero en Estados Unidos, con una facturación en 2011 equivalente a la mitad de la de la industria automovilística y previsiones claramente al alza, podemos imaginar que puede haber guerra contra la droga para rato.

      Precisamente por eso iniciativas como la de Uruguay o la del poeta mejicano Javier Sicilia, que en agosto y septiembre del año pasado encabezó la Caravana por la Paz que transitó por una veintena de ciudades estadounidenses y culminó en Washington para pedir el fin de la estrategia de guerra contra las drogas (su hijo fue una víctima más de esta violencia), deben ser bien recibidas por el cambio que suponen en la forma de actuar. En el contexto actual las drogas siempre estarán presentes mientras existan consumidores que las busquen, más en una sociedad tan competitiva y desigual como la nuestra, donde muy a menudo el ocio y el placer asociados al consumo de estas sustancias actúan como válvula de escape del estrés, la frustración o la alienación que muchas personas sufren, una forma al fin y al cabo de evadirse de la realidad o de suplir determinadas carencias. Si el escenario no cambia o incluso empeora las drogas, incluidas las que son legales como el alcohol o el tabaco, seguirán siendo un problema de salud pública durante mucho, muchísimo, tiempo. Y viendo lo sucedido a lo largo de las últimas décadas la prohibición y la persecución, sumadas a las hipócritas campañas de prevención y sensibilización que enmascaran tras de sí una clase muy distinta de intereses, continuarán resultando por completo inútiles.

                                                                                                                                      Kwisatz Haderach                  

(1) Público.es. Uruguay aprueba la legalización de la marihuana.
(2) UNDOC. Infome Mundial sobre las drogas 2012.
(3) Sales de baño. La nueva droga que los convierte en caníbales.
(4) El País. La guerra contra el "narco" en México ha causado 47.515 muertes violentas.


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