La guerra de clases y el legítimo derecho a la rebelión

La actual crisis sistémica y el proceso de desmantelamiento del estado del bienestar que estamos viviendo, son un paso más en la guerra de clases que unilateralmente libran los poderes ultraliberales contra la ciudadanía en su conjunto. Para hacer frente a dicha ofensiva se hace necesario oponerse de manera más contundente a las medidas que conlleva.


          En un artículo publicado en la página web de ATTAC titulado Mercado de trabajo financiarizado y su lenguaje cómplice, Rober Gonpane nos habla acerca del "nuevo lenguaje" que los poderes ultraliberales están tratando de imponer a toda la sociedad como forma de que ésta acepte así sus contrarreformas sin ofrecer resistencia. Y es que el proceso de involución que actualmente estamos viviendo, con una alarmante pérdida de derechos laborales y el sistemático desmantelamiento de los servicios públicos parejo al avance de las privatizaciones en todos los frentes, unidos a la aprobación de leyes que suponen el recorte en derechos básicos y libertades, no es más que otro paso en la guerra de clases que las élites libran unilateralmente contra la ciudadanía a escala global. Desde hace varias décadas el término "lucha de clases" parece haber caído en desuso, como si mencionarlo fuera motivo de delito, pero esa es otra estrategia más de quienes sí creen firmemente en ella y llevan practicándola durante todo este tiempo. De esta manera consiguen hacernos creer a los demás, el 99% de la población al fin y al cabo, que dicha guerra no existe realmente y sus medidas políticas y económicas son "necesarias" e "inevitables", las únicas posibles ante la situación que afrontamos. Entretanto la precariedad laboral, el desempleo, la represión, la marginación y la miseria continúan avanzando imparables incluso en países hasta hace poco prósperos como los de la Unión Europea.

          Para poder entender no obstante esta guerra hay que comprender primero el escenario en el que se desarrolla, una sociedad claramente estratificada en la que las diferencias entre unos pocos y la inmensa mayoría son cada vez más abismales. Empleando mis propios criterios, que pueden resultar más o menos válidos, divido la sociedad en tres grupos o clases. La primera es la de aquellos que obtienen la mayoría, sino todos, sus ingresos de las rentas de capital, es decir, los que podríamos llamar multimillonarios, súper ricos o simplemente capitalistas. No nos engañemos, esta gente no trabaja tal y como nosotros entendemos qué es trabajar, ya que, como suele decirse, "su dinero trabaja por ellos". Son la élite que domina el planeta manejando los hilos con discreción, mientras viaja por todo el mundo para seguir ampliando sus negocios, disfruta en sus yates, se relaja en islas paradisíacas que en ocasiones son de su propiedad, acude a fiestas donde solo se relaciona con los de su misma condición o derrocha cantidades inimaginables de dinero en toda clase de artículos de lujo (mansiones, coches de altísima gama, vestidos o trajes de las más prestigiosas firmas, joyas, obras de arte, etc.), otra forma más de demostrar su estatus. Para mantenerlo se rodean de una corte de lacayos serviles encargados de tener los resortes del sistema bajo control en lo económico, lo político, lo policial y lo militar.
Por debajo de ellos se encuentra la segunda de las clases sociales, la amplia y variada masa de los trabajadores o de aquellos que obtienen todos o buena parte de sus ingresos de las rentas del trabajo. Es algo que conocemos todos, el bíblico "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Todo y que pueden llegar a existir grandes diferencias en cuanto a salarios, situación laboral y demás, hay algo que distingue con claridad a todos los trabajadores, han de seguir "dando el callo" (como coloquialmente suele decirse) para mantener su nivel de vida ya sea mejor o peor. Aquí no vale que tu dinero trabaje por ti pues es precisamente al contrario, eres tú el que debes trabajar, muchas veces hasta la extenuación, para que el grifo no se cierre y no tengas que tirar de ahorros o apretarte el cinturón.
Por último nos encontramos con la tercera de las clases sociales, la de los excluidos. Son aquellos que, por motivos diversos, no pueden acceder a un puesto de trabajo o, de hacerlo, lo hacen en unas condiciones de explotación a menudo inhumanas. Ejemplos tenemos muchos: sin techo, mujeres inmigrantes (aunque no necesariamente) que se ven obligadas a prostituirse en las rotondas de los polígonos industriales, toxicómanos o simplemente gente que lo ha perdido todo. Muy a menudo se desprecia a los excluidos, esa es otra de las cosas que se nos impone con el lenguaje, son la "chusma", los "maleantes" o más directamente la "escoria de la sociedad".

        En definitiva lo que está sucediendo hoy día es que, mientras la élite continúa acumulando más y más riqueza (incluso mucha más de la que realmente necesita para mantener su opulento modo de vida), la clase trabajadora va perdiendo poder adquisitivo, derechos y peso social, lo cual la aproxima cada vez más al nivel de los excluidos. Y no solo eso, el número de trabajadores que diariamente entra a engrosar las filas de la clase más desfavorecida no hace sino aumentar. Parados de larga duración, familias desahuciadas de sus hogares, pequeños empresarios asfixiados por las deudas que no tienen más remedio que cerrar sus negocios y terminan por completo arruinados... cualquiera de nosotros conoce algún que otro caso. La brecha entre ese 1% de poderosos y el 99 restante sigue ampliándose, mientras sectores de trabajadores considerados hasta hace bien poco como privilegiados, valga el ejemplo de los funcionarios, sufren también las consecuencias de la ofensiva neoliberal que empeora su situación económica, laboral y familiar.

        Viendo esta situación realizo la siguiente reflexión. Si se nos ha declarado una guerra con el objetivo de despojarnos si no de todos de la gran mayoría de nuestros derechos, regresando a un estado de las cosas que muchos consideramos del todo injusto, ¿no es legítimo y hasta de sentido común rebelarse contra este orden que nos pretenden imponer? Si una cosa nos enseña la Historia es que ninguna conquista social, ninguna de las libertades que todavía conservamos, se ha ganado sin lucha. Los que tienen el poder no ceden si no se los presiona lo suficiente, ningún incentivo tendrían para hacerlo si les va a las mil maravillas y la gente se mantiene pasiva y sumisa bajo su yugo. Y para que cedan no basta solo con salir a la calle a protestar, si bien ésta es una muy buena forma de empezar a movilizarse. Se hace necesario subir un escalón más y realizar acciones más contundentes. Con esto no quiero decir que se deba usar la violencia, aunque por supuesto responder empleándola contra aquellos que nos agreden o pretenden dañar a nuestros seres queridos es algo totalmente legítimo, por mucho que éstos lleven uniforme y estén al servicio del Estado. Condenar la violencia simplemente porque sí es otra de esas mojigaterías que nos han inculcado para domesticarnos, el poder la utiliza diariamente contra los ciudadanos sin ruborizarse lo más mínimo, pero aquel que responde incluso en un acto de legítima defensa es demonizado de inmediato y reducido a la categoría de terrorista.

        Pero como bien decía hay otras formas de lucha igualmente contundentes. Para ello me valgo del ejemplo de una de las figuras históricas más relevantes de la época reciente, Mahatma Gandhi. Lo solemos conocer como el padre del pacifismo y de prácticas como la desobediencia civil y la no-violencia, un personaje amable y bondadoso al fin y al cabo. Pero las acciones de Gandhi y sus seguidores eran mucho más que simples actos de protesta pacífica, a su manera buscaban golpear allí donde más dolía y provocar una respuesta represiva que pusiera en evidencia a las autoridades coloniales británicas. El máximo exponente de esto es la conocida como "Marcha de la sal" de marzo-abril de 1930 (1). La sal resultaba esencial para todos los habitantes de la India en aquella época, pues en un país tropical como aquel no había otra forma de conservar los alimentos. Aquel que controlara la extracción y venta de sal controlaría la nación, los británicos bien lo sabían y por eso establecieron un monopolio sobre este producto. Nadie podía extraer sal ni venderla sin pagar el correspondiente impuesto al gobierno colonial. Pero esto fue precisamente lo que, predicando con el ejemplo, animó Gandhi a hacer a todos los indios. Una sola persona o unas pocas infligiendo una ley no suponen un gran problema, pero cuando centenares de miles o incluso millones lo hacen la cosa es radicalmente distinta. Ante semejante respuesta por parte de la población los británicos no podían sino replicar con la represión, pero al hacerlo su autoridad moral, como pueblo supuestamente más "avanzado y civilizado", se derrumbó por completo. El poder quedó desnudo de todo ornamento mostrándose como lo que realmente era, algo que únicamente podría mantenerse con el empleo de la fuerza bruta. Aquello supuso el principio del fin del dominio colonial británico sobre la India.

         El ejemplo de Gandhi puede servirnos para indicar el camino a seguir. Rebelarse contra la injusticia de un sistema, desobedecer sus leyes e imposiciones de manera masiva, para que éstas tengan el mínimo efecto sobre la población. El poder responderá entonces de la única manera que sabe, con brutalidad y violencia, de manera tal que se quedará sin argumentos. Si existe una conciencia mayoritaria entre la población de que las reivindicaciones son justas y necesarias, poco podrán hacer para detener la marea aparte de escucharlas. 

                           
                                                                                                                                    Kwisatz Haderach


(1) Gandhi. El alma grande. Giovanni Mattazzi. Ediciones Témpora (2002). Págs 68-69.

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