La auténtica cara del Terror


        A lo largo de las últimas semanas los medios de comunicación nos han vuelto a mostrar la amenaza del terrorismo islamista empleando la debida cobertura, en primicia, con la retórica que ya viene siendo habitual y hablando una y otra vez de ello hasta la saciedad. El atentado con bombas en la maratón de Boston y las más recientes agresiones en Londres (con resultados mortales) y París (donde el agredido escapó con vida), han sido calificadas en toda regla como "ataques terroristas" y, una vez más, han desatado la psicosis en un clima de deliberada hipersensibilización en torno a este asunto.



        Ahora la civilización tiene unos nuevos enemigos que no imaginaba, los llamados "lobos solitarios", jóvenes radicalizados que han caído en las redes del extremismo y que no pertenecen a organización o estructura alguna. Actúan por su cuenta, aprendiendo a fabricar explosivos caseros gracias a Internet o incluso sin necesidad de ello, ya que pueden atropellar y acuchillar a cualquiera que pase por la calle. La lista de sospechosos se amplía, los métodos de seguimiento a terroristas empleados hasta ahora deben ser revisados, cualquiera puede ser uno de ellos, nadie de nosotros está a salvo. Una y otra vez nos lo remarcan y cualquier medida es poca para pararle los pies a estos lobos solitarios en una nueva escalada de la guerra contra el terrorismo. Vale de ejemplo lo sucedido en Boston, una ciudad sitiada por las fuerzas del orden y donde sus habitantes no podían salir a la calle mientras se llevaba a cabo la operación antiterrorista ¿Y todo para qué? ¿Para atrapar a un crío de diecinueve años que se escondía dentro de una barca en el patio trasero de una casa? Puede que más bien para mantener esa sensación de estado de guerra, para prolongar el shock entre la población y que así acepte medidas que de otra manera no aceptaría.

        Más allá de las razones personales que llevan a determinadas personas de origen musulmán a cometer crímenes sin duda atroces, habría que preguntarse dónde está el origen de tanto odio y qué es lo que lo alimenta. El fanatismo intransigente por supuesto, pero también las intervenciones occidentales en determinados países, con Irak y Afganistán a la cabeza. Después de todo la población de esos países ha sufrido y sigue sufriendo la forma más salvaje e inhumana de terrorismo, la guerra. Y es que hasta los atentados del 11 de Septiembre de 2001 contra el World Trade Center palidecen si los comparamos, en número de víctimas, destrucción y sufrimiento provocado, con la agresión terrorista contra Irak perpetrada por Estados Unidos y sus aliados (o mejor cabría decir satélites). Detengámonos a pensar unos instantes ¿Qué es lo que sintieron los iraquíes cuando sus ciudades fueron bombardeadas sin cuartel durante días, cuando un ejercito invasor llegó hasta ellas y se desató el caos? ¿Qué es lo que sintieron cuando cualquiera podía caer a manos de los soldados, los contratistas privados o los yihadistas que se infiltraron aprovechando la situación? ¿Qué sintieron cuando su país quedó devastado, en la miseria y desgarrado por las luchas sectarias? ¿Qué sintieron cuando eran llevados, a veces sin motivo aparente, a la infame prisión de Abu Ghraib para ser humillados y torturados? O, al fin y al cabo, ¿qué sintieron aquellos que fueron secuestrados y enviados a Guantánamo sin que mediara acusación formal alguna? Terror, esa es la respuesta, esa es la verdad, cruda y sin artificios por mucho que haya quien no quiera verlo. Terror a gran escala es en resumen lo que buscaban infundir aquellos que planificaron la invasión y todo lo que vino después, terror para noquear a la población y así poder hacer con el país lo que les diera la gana, que no fue otra cosa que saquearlo y repartirlo entre unas cuantas multinacionales que hicieron su agosto con el negocio de la guerra.

         ¿No es un terrorista aquel que emplea el terror como instrumento para conseguir sus objetivos? Las cosas como son y, mientras este tipo de actuaciones queden impunes, mientras no se admita la magnitud de los crímenes cometidos, se condenen sin paliativos y exista un esfuerzo real por paliar el daño causado, el fundamentalismo islámico seguirá encontrando terreno abonado para sus respuestas violentas. Lo encontrará en todos aquellos musulmanes que se sientan incomprendidos, marginados, desplazados, oprimidos o, sencillamente, hayan sido víctimas de injusticias. Todo lo demás es no cortar el mal de raíz sino más bien fomentarlo.                      






           En relación a todo esto recomiendo el documental presentado por el reportero de origen australiano John Pilger titulado "La guerra que usted no ve" (está en versión original subtitulada). John Pilger (Sidney, 1939) tiene una dilatada carrera como corresponsal de guerra, ha cubierto conflictos como los de Vietnam, Camboya o Biafra, y es también un realizador de documentales de temática diversa (no solo sobre Vietnam, Palestina o Birmania, sino también sobre temas políticos de todo tipo). También ha publicado en diarios de reconocido prestigio como el Daily Mirror, The Guardian, The Independent o The New York Times y es autor de más de una decena de libros.


Kwisatz Haderach        

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